viernes, 14 de febrero de 2014

Retrospectiva sobre Jacques Rivette, el gran olvidado de la Nouvelle Vague. 3 de 3 (1994-2009)

Continúo con la tercera y última parte de la retrospectiva sobre Jacques Rivette,
Aquí está la primera: http://labellamentirosa.blogspot.com.es/2014/01/retrospectiva-sobre-jacques-rivette-el.html
Y aquí la segunda: http://labellamentirosa.blogspot.com.es/2014/02/retrospectiva-sobre-jacques-rivette-el.html


JUANA DE ARCO (1994)


Jacques Rivette nació en Ruan (Rouen), una localidad francesa conocida por ser el lugar donde fue quemada viva Juana de Arco. Posiblemente ese fue el motivo por el cual sintió la necesidad de mostrar su visión de una historia tan alejada de su universo. La película fue dividida en dos secciones (Las batallas y Las prisiones) para poder ser exhibidas en el cine (tal y como ha hecho recientemente Lars Von Trier con Nymphomaniac). Después de abandonar su pequeño pueblo, la joven Jeanne consigue que un alto cargo del ejército le lleve ante el Delfín de Francia, a quien convence tras unas palabras basadas en unas visiones divinas para que le dispense tropas militares a su cargo con la intención de expulsar a los ingleses de Francia y proporcionarle la corona. El director francés muestra una visión austera con el distanciamiento habitual en el lenguaje de Bresson (quien también se atrevió con este personaje centrándose exclusivamente en el juicio inquisidor que sufrió), pero ofrece una mirada bastante fiel en la reconstrucción de la época medieval y la historia de Juana de Arco, si obviamos el hecho de que por esas fechas Sandrine Bonnaire tenía veintisiete años e interpreta a un personaje mucho más joven. Rivette se desmarca de la heroicidad implícita en las películas sobre Juana de arco haciendo hincapié en su puesta en escena habitual, y centrándose exclusivamente en la figura de tan alucinado ser, siguiendo las andanzas de otros personajes que no tienen demasiada relevancia en la trama pero ayudan a comprender el contexto social de la época, eliminando algunos de los acontecimientos de las versiones anteriores  y  poniendo atención en los detalles y las pequeñas anécdotas de esos secundarios, que durante los dos primeros tercios de la película intercala con la trama mostrándolos hablando delante de la cámara, como si estuviesen en un falso documental.


En Las batallas se decanta claramente por mostrar la fe y la valentía de su protagonista dirigiendo a su destacamento para reclamar la corona del Delfín. Jeanne es presentada como una humilde campesina joven que no sabe leer ni escribir y parece realmente inspirada por su Dios, dotada de una capacidad abrumadora para la estrategia militar y para el liderazgo (inusual para alguien de su edad), segura de sí misma y de las visiones que guían sus pasos. Mientras que en Las prisiones se interesa por el declive de la relación con su rey y su posterior reclusión tras ser acusada de herejía, en la que Rivette muestra la desesperación de la joven como algo terrenal, aunque se explaya menos que Dreyer en el sufrimiento de ésta. Se echa de menos mayor espacio para la confinación, ya que es ahí donde la película alcanza sus mayores cotas. No obstante, conmueve sobremanera presentando un final demoledor gracias a la prodigiosa actuación de Bonnaire, aunque sepamos de antemano el triste desenlace de la historia. Como era de esperar tratándose de un filme de Rivette, las batallas mostradas casi siempre son dialécticas si obviamos un par de asedios rodados con los medios justos que podía habérselos ahorrado perfectamente ya que parecen sacados de Los caballeros de la mesa cuadrada de los Monty Python, sustituyendo los cocos por caballos reales. El autor francés muestra unos exteriores muy brumosos con colores apagados y recupera respecto a sus trabajos anteriores una banda sonora de corte tradicional que corre a cargo de Jordi Savall mediante elegantes piezas con música de la época. Como siempre que se adentra en terrenos históricos y obras literarias se percibe menos su inquieta personalidad, pero esta naturalista aproximación a Juana de Arco es un trabajo muy digno y no deja de tener cierto encanto ver enfrentarse a un director tan minimalista con una película dotada de contenido bélico.

NOTA: 7,5/10


ALTO, BAJO, FRÁGIL (1995)


Considerada menor por muchos, personalmente tiene un valor sentimental muy elevado por ser la película que me inició (gracias a una emisión televisiva a altas horas de la madrugada en un canal de pago) en el universo de Jacques Rivette. El relato presenta a tres mujeres algo trastornadas por su situación personal. Una desea conocer a su verdadera madre tras enterarse de que fue adoptada. La segunda se ha despertado recientemente de un coma de cinco años, y trata de acoplarse a su nuevo estado. Y la tercera huye de un pasado turbio relacionado con algún tipo de trapicheo que le lleva a presenciar un crimen. El destino y el azar (nuevamente en un filme del francés) unen a la segunda y la tercera en una nueva amistad que les ayudará a atenuar su sufrimiento desde una nueva y esperanzadora perspectiva mediante el arte de la seducción. Rivette se adentra en una comedia fresca y juguetona, que para los no iniciados en su ambiguo e ingenioso lenguaje puede resultar muy chocante por la mezcla de géneros tan dispares que presenta (comedia de corte feminista, pequeños elementos de noir, intriga, drama existencial con preocupaciones sociales, y musical). La mayoría de géneros expuestos están tratados con la solvencia y el encanto mágico habitual del francés pese al desconcierto que provocan los pasajes con reminiscencias del género musical (ajenos a los bailes en el salón de fiestas) que hacen su aparición con plenitud en la segunda mitad. Como musical (un género que suelo aborrecer y al cual solo acudo por motivos autorales) resulta una experiencia atípica porque las canciones tardan una hora en hacer aparición y solo hay cuatro temas breves. La representación de una realidad alternativa en esta ocasión viene a través de los citados bailes y canciones, pero éstas últimas dejan una clara sensación de ligereza y no calan tanto como con el teatro y la pintura.


Destaca el continuo enfrentamiento dialéctico con grandes dosis de improvisación en las actuaciones (Jacques Rivette es conocido por no trabajar habitualmente con diálogos, sino con breves sinopsis, presentadas a última hora a los actores) y la imprevisibilidad de las situaciones que tanto me fascinan del autor francés, expuestos con los habituales movimientos sutiles y virtuosos de la cámara que en esta cinta consigue una de sus atmósferas más fascinantes. También repite con otro de sus temas favoritos, una sociedad secreta que se reúne en un cuarto oculto en un club nocturno para jugar un luctuoso juego de cartas. Otra vez París (presentada con más luz, color y alegría de lo habitual) y las féminas acaparan todo el protagonismo de este filme incomprendido. En este caso tres jóvenes (dos de ellas interpretadas por dos actrices vistas en La banda de las cuatro y otra vista en  La bella mentirosa) cargadas de dudas existenciales y en un evidente estado de crispación que se embarcan en la búsqueda infructuosa de las carencias de un pasado atorado de secretos y enigmas que las obsesiona sobremanera. La película, además de contar con un cameo inquietante del propio director, está plagada de guiños a la Nouvelle vague y el cine francés en general que solo captarán los más iniciados, aunque hay otros más evidentes como el de Anna Karina. La antigua musa de Godard (que ya había trabajado con Rivette protagonizando La religiosa) cuenta con un papel secundario encarnando a una cantante y en la escena final muestra su casa con carteles de cuando era joven y hace un comentario muy ingenioso respecto a su pasado. Los tres personajes femeninos son encantadores, especialmente los de Nathalie Richard y Marianne Denicourt en su relación (la tercera transita a su aire en la narración y solo se topará con los secundarios en su desesperada búsqueda por encontrar a su madre a través del recuerdo de una canción). Dos horas y cuarenta y dos minutos de puro Rivette que hubiesen sido mucho más profundos sin el dichoso toque musical. Sin embargo, representa uno de sus trabajos más libertinos y encantadores.

NOTA: 8/10


CONFIDENCIAL (1998)


Rivette se explaya otra vez con un metraje que ronda las tres horas, pero cambia ligeramente de registro, obviando los entresijos de la creación que en esta ocasión no tienen cabida para mostrar la réplica de una realidad alternativa a la de la vida real. El relato presenta a una científica que investiga sobre el cáncer y descubre cinco años después de la muerte por accidente de su padre que éste (director de una fábrica de armamento pesado) pudo haber sido empujado de un tren por su ayudante en la empresa; y tiene que lidiar contra la idea de su hermano de vengar el supuesto crimen inmediatamente. Tras investigar y meditarlo, decide ser el brazo ejecutor de la venganza, pero en el momento de la verdad, tras un forcejeo, acaba matando accidentalmente a una chica inocente que se encontraba en la casa del sospechoso. Contra todo pronóstico, no es delatada por éste a la policía, quien la acoge en su hogar para darle su versión de los hechos mientras la científica tiene que soportar el peso psicológico de la culpa y aclarar el suceso que la llevó allí. El director de París nos pertenece se adentra en los terrenos del Thriller y el suspense bajo su inteligente y sutil prisma, y su ritmo a fuego lento. No en vano, siempre ha declarado una especial admiración por Alfred Hitchcock, aunque la puesta en escena de ambos sea diametralmente opuesta como comenté en el prólogo, y el director francés se decante por el aspecto psicológico y antropológico de las relaciones humanas y su cotidianidad, siempre por encima de la acción y la tensión. La cinta también desprende el habitual aroma a Lang de sus filmes anteriores con sus frecuentes tramas cargadas de intriga, revelando paulatinamente algunos detalles vitales.


En esta ocasión recurre a menos elementos fantásticos de los habituales, aunque hay una aparición fantasmagórica que descoloca sobremanera en un principio hasta que posteriormente le otorga una explicación terrenal. La narración, dominada por la oscuridad de las relaciones familiares, también posee varios puntos de conexión con el mito de Electra, tratado en infinidad de obras literarias y teatrales (entre ellas hay una de Esquilo, un autor a quien ya visitó en las dos representaciones teatrales de Out 1, noli me tangere). Rivette vuelve a preocuparse por el pasado oscuro y confuso de sus personajes tratados en su anterior filme, dominados por el azar y el destino, que aquí provocarán desconcertantes pactos y relaciones. Respecto a otros filmes suyos con elementos de thriller, destaca por utilizar un tono mucho más severo y trascendente que admite pocos momentos lúdicos (como suele suceder en sus adaptaciones literarias), aunque hay pequeños detalles cargados de ironía como el de la empresa armamentística que recibe el nombre de Pax. En esta ocasión  prescinde de dejar tantos cabos sueltos mostrando una resolución más cercana a los cánones del género. Sin embargo, como viene siendo habitual, se interesa básicamente en el contexto a través de la confrontación de sus personajes, guiados por una actitud desconfiada, retadora y acusatoria. Jacques Rivette, a pesar de utilizar planos largos en la mayoría de sus películas, no suele dejar la cámara fija, y aquí se muestra más dinámico que nunca siguiendo los nerviosos movimientos de una Sandrine Bonnaire que sostiene la película con una maestría similar a la de su excelente actuación como Juana de Arco, y está secundada por un personaje masculino con más peso de lo habitual, interpretado con solvencia por Jerzy Radziwilowicz en su primera participación con Rivette.


NOTA: 8,5/10

VETE A SABER (2001)


Todas las reseñas de esta retrospectiva son de las versiones extendidas de sus películas, menos la de este trabajo, del cual existe una versión con más de una hora de metraje que está inaccesible de momento. En esta ocasión, Rivette se inspira muy levemente en La carroza de oro de Jean Renoir para presentar a un grupo de teatro italiano que llega a París como parte de su gira europea para representar una obra de Pirandello. La actriz que encabeza el reparto de la compañía es una francesa que tiene una relación sentimental con el director y se encuentra muy agobiada por el hecho de volver a su ciudad, de la que huyó despavorida tres años atrás abandonando otra relación amorosa muy pasional. El director teatral también hace las funciones de actor y en su visita a París está obsesionado por la búsqueda de un manuscrito de una obra fantasma que le llevará por las bibliotecas de la capital francesa, donde conocerá a una atractiva joven que es la hija de una familia adinerada y cuenta con una enorme biblioteca en su hogar. Rivette presenta una película coral con seis personajes con trascendencia en la trama, que en esta ocasión vuelve a contar con el sello distendido de Howard Hawks y Renoir, tal y como hizo en Alto, bajo, frágil; siendo capaz de mezclar la comedia con el drama sin perder un ápice de complejidad y de diversión en los temas tratados, presentando historias entrelazadas con grandes dosis de humor impredecible y una atmósfera hechicera y seductora. En Va savoir se interesa una vez más por los pensamientos, los sentimientos y los celos de sus personajes a través de sus relaciones amistosas y amorosas (hay hasta cuatro triángulos románticos). El antiguo redactor jefe de Cahiers vuelve a hacerse valer de una puesta en escena sofisticada, acompañada de su cadencia sosegada (que no aburrida) característica para desarrollar sus historias, demostrando que se encontraba en plena forma a los setenta y tres años, con una actitud mucho más libre y desafiante que la mayoría de los cineastas que debían tomar su relevo.


Como suele ser habitual, la mayoría de los personajes lucha contra un oscuro pasado que es revelado paulatinamente en pequeñas dosis, y el azar y el destino dominan una narración en la que la dualidad provocada por la presencia teatral parece ser utilizada para mostrar que la realidad casi siempre supera a la ficción en las tormentosas  y oscurantistas relaciones humanas, aunque por primera vez en su filmografía el teatro es presentado en directo, olvidándose de los ensayos y sus aseveraciones habituales sobre la interpretación. Curiosamente el tono vodevilesco de la representación teatral (muy similar al de las obras teatrales de El amor por tierra) poco tiene que ver con la naturalidad de unas interpretaciones en las partes que representan la realidad, que a pesar de ser más histriónicas que de costumbre siguen resultando tan naturales y cercanas como las del resto de su filmografía. Las bibliotecas y las referencias literarias (el antiguo amante de la diva teatral es un especialista en Heidegger) están presentes en todo momento y el tesoro está representado en esta incursión por el manuscrito de una obra inédita  que persigue el director teatral, y por un anillo muy valioso ansiado por otro de los habituales, un personaje que transita al margen de la ley. Para variar, hay un amago de referencia a un fantasma en la biblioteca casera, pero sin llegar a profundizar como de costumbre en el género fantástico. Durante la última media hora todos los diferentes conflictos existentes se interconectan de un modo muy sutil, deparando uno de los epílogos más divertidos de su filmografía. Como casi siempre en Rivette, se trata plenamente de una película realizada por y para los personajes, en la que destaca Balibar, quien le da a su interpretación un aire de diva histérica muy conseguido en la relación con su antiguo amor, con claras reminiscencias de la de la bibliotecaria de Céline y Julie van en barco, aunque afortunadamente para ella aquí no está acompañada de una cabaretera que suplante su personalidad y le arruine definitivamente su antigua historia de amor.

NOTA: 8/10


LA HISTORIA DE MARIE Y JULIEN (2003)


Rivette retoma casi tres décadas después un proyecto iniciado en la década de los setenta que iba a formar parte de su tetralogía fantástica (tras Viento del Noroeste y Duelle) que empezó  a rodar con Leslie Caron y Albert Finney, pero fue interrumpida tras dos días de rodaje por culpa de un ataque de nervios del autor francés motivado por la presión de los inversores con los que había pactado las cuatro películas. De todos modos, en esta versión se aparta del diamante con poderes divinos de esas dos películas sin perder un ápice de fantasía en la trama. Julien, un relojero solitario que vive con su gato y está especializado en la reparación de antiguos relojes de pared, decide chantajear con unos documentos que tiene en su poder a una mujer pudiente que trafica con antigüedades de dudosa procedencia. Esta oscura relación le llevará  hasta Marie, una joven a quien el relojero conoció un año atrás en una fiesta y tras haber soñado con ella recientemente, aparece de nuevo en su vida de un modo inesperado. Julien la invita a compartir su hogar para recuperar su pasión anterior, pero empieza a preocuparse por el extraño y distante comportamiento de Marie en ciertos momentos, en los que muestra la mirada perdida y murmura extraños versos. La película, de la cual, debido a su particularidad, no me extenderé demasiado para no chafar la experiencia a quien se acerque a ella por primera vez, cuenta con una duración más próxima a los cánones del cine convencional (dos horas y veinte minutos) y está repleta una vez más de multitud de mensajes ocultos e indescifrables a primera vista. Rivette se decanta por el romanticismo pasional de la relación entre los dos protagonistas, mezclando fantasía y ficción con su habitual cadencia y puesta en escena. Su premisa, marcada por un elevado tono onírico (la película arranca con un sueño dentro de otro como si fuese una muñeca rusa) desprende un aroma evidente a Vértigo de Alfred Hitchcock, un autor al que ya se acercó en Confidencial, pero aquí lo hace con un enfoque mucho más fantasioso y mágico que lo diferencia claramente del filme del rechoncho director británico.


El autor francés se preocupa por la soledad y el desencanto inicial del relojero, y el modo en que su personalidad se fusiona con su misteriosa visitante, quien parece hacerle salir del letargo en el cual se hallaba. Tocan techo los elementos fantasmagóricos y el pasado oscuro de sus personajes vistos en varias de sus películas anteriores, que unidos al sonido del tic-tac continuo de los relojes del hogar del chantajista otorgan un cariz misterioso, hipnótico y espeluznante al relato. Gran parte de esa inquietud está propiciada por el personaje de Enmanuelle Béart, cuya actitud esquizoide y marciana en una habitación de la vivienda solo comprenderemos hasta bien avanzada la narración. Contra todo pronóstico, la película cierra muchas de las dudas que plantea, tal y como hizo en Confidencial, aunque depara un final ambiguo marca de la casa. Las películas de Jacques Rivette siempre se han caracterizado por una enorme sensualidad gracias a la presentación de un nutrido grupo de atractivas mujeres, pero no se trata de un autor que se haya recreado en exceso con las escenas de sexo, salvo algún momento puntual en Viento del noroeste y L’ amour fou, o algún desnudo ocasional fuera de la copulación en Céline y Julie van en barco, La banda de las cuatro, o los desnudos continuos artísticos e incómodos de la propia Béart en La bella mentirosa. Sin embargo, aquí sorprende lo bien que se desenvuelve en el tratamiento del erotismo con la friolera de setenta y cinco años, acertando plenamente en la elección del tándem Béart-Radziwilowicz, en la segunda colaboración de ambos con el director francés.

NOTA: 9/10


LA DUQUESA DE LANGEAIS (2007)


Para su tercer ejercicio formalista puro con la literatura (otra de sus grandes pasiones), Jacques Rivette eligió la novela corta homónima que Honoré de Balzac escribió en 1834, un autor a quien ya adaptó en La bella mentirosa de un modo mucho menos estricto y que está presente en todo momento en el ambiente con «los trece» en la maratoniana Out 1, noli me tangere. En el París de la restauración francesa, un general con un pasado aventurero en África acude  a España para buscar a una mujer que se halla enclaustrada en un convento al cual había huido para olvidarse de una historia de amor turbia con ese militar. A partir de ese momento la historia retrocede y se centra en el enamoramiento de esa mujer, la bella duquesa de Langeais, con el general. Ella se monta un juego de seducción sin responder a las insinuaciones y el afecto del militar (un tipo peculiar que reconoce no haber sentido nunca amor por una persona) rechazándolo durante varias veladas, hasta que éste, despechado, decide vengarse de la duquesa con la misma moneda. Rivette consigue hacer cercana una obra protagonizada por gentes pudientes mediante un drama de época que se adentra en una trama de amores imposibles y deseos no correspondidos por culpa de la hipocresía, y la vanidad de la decadente alta sociedad parisina de la época; logrando que nos preocupemos por el devenir de sus protagonistas. Jeanne Balibar y Guillaume Depardieu nos deleitan con dos excelentes interpretaciones de unos personajes muy afectados y con una personalidad antagónica, caracterizados por sus desconcertantes cambios de actitud en esa fallida relación en la que se comportan como si fuesen dos niños caprichosos. A pesar de las cortapisas impuestas por la sociedad (la duquesa es una mujer casada que lo puede perder todo si es descubierta en una aventura amorosa), la actitud de ambos resulta lamentable en ese tira y afloja que no lleva a ningún lado, pero ejemplifica a la perfección lo absurdo del comportamiento humano.


La habitual improvisación y la naturalidad en los diálogos en el sugestivo universo del director francés queda  obstruida por el original de Balzac, al cual pretende ser fiel en todo momento (demasiado, diría yo);  mientras que las actuaciones tienen un tono más teatral del habitual, que no disimula que nos hallamos ante una adaptación de una novela. A simple vista, hay poco espacio para su sutil sentido del humor y sus temas preferidos, si obviamos la confrontación dialéctica que se establece entre la pareja de desdichados enamorados, que copan la mayor parte del metraje. Aquí no hay representación teatral para mostrar dos realidades, pero resulta evidente que el asunto de las apariencias en la alta sociedad de esa época tiene claros puntos de conexión con el mundo del teatro y sus máscaras. De ahí que decidiera adaptarla. Respecto a su filmografía, destaca la recuperación de un convento, ya tratado anteriormente en La religiosa, aunque en esta clasicista y solemne incursión lo hace con unas intenciones muy diferentes y con mucha menor importancia. Como siempre, destaca su puesta en escena exquisita, con unos movimientos de cámara muy sugerentes y un portentoso tratamiento de los espacios, además de volver  a demostrar su excepcional uso del sonido ambiente en el cine sin necesidad de usar música para subrayar los acontecimientos si no es escuchada por los personajes. Como ya he comentado con las otras adaptaciones literarias relativamente fieles, se percibe mucho menos su personalidad y riesgo narrativo, pero nos hallamos ante un autor que hasta en sus trabajos más academicistas, alejados de su compleja semántica, saca a relucir el excelente cineasta que es, y su portentoso dominio del medio tras más de cincuenta años dirigiendo películas.

NOTA: 7/10


EL ÚLTIMO VERANO (2009)


Jacques Rivette se olvida del encorsetamiento de su fiel adaptación de Balzac y cambia sus frecuentes escenarios teatrales por los de una decadente y minoritaria compañía de circo, tratando varios de sus temas favoritos con un enfoque más sencillo y melancólico de lo habitual, ya que ese circo que va a cerrar sus puertas definitivamente parece una alegoría sobre su carrera cinematográfica de la que es consciente que llega a su fin. La cinta nos presenta a la citada compañía de circo que tras la muerte de su dueño y fundador incorpora a la hija de éste, quien llevaba quince años fuera del grupo, con la intención de salvar la temporada que acaba de comenzar. La hija del dueño se topa de forma totalmente casual con un acomodado italiano que está viajando por Francia, quien repentinamente muestra un interés inusitado por la compañía de circo y por la figura de la hija del propietario, y decide unirse al grupo inquieto por averiguar los motivos que llevaron a ésta a abandonarla y los de su retorno posterior. El director de Céline y Julie van en barco vuelve a exponer a  otro fascinante personaje femenino, en esta ocasión interpretado por otra de sus habituales, una Jane Birkin (la antigua musa de Serge Gainsbourg y madre de Charlotte Gainsbourg) con un rostro que muestra el implacable paso de los años sin perder un ápice de su encanto personal; aquí en el rol de una mujer que se encuentra prisionera por culpa de un pasado oscuro que le llevó a abandonar de un modo misterioso (que se nos irá desvelando paulatinamente) la compañía circense quince años atrás. Durante la primera mitad, Rivette señala lo frustrante que puede ser  dedicarse a una actividad cuando tiene poca repercusión mediática (algo parecido a lo que sucede con sus películas) mostrando algunos números del deprimente mundo del circo con un cariz diferente a su habitual lucha de realidades.


Sorprenden algunas licencias artificiosas poco comunes en el universo del francés cuando no se encuentra mostrando representaciones teatrales, como un monólogo de Birkin con sus pensamientos en voz alta que recuerdan a los de Geraldine Chaplin en Viento del noroeste con un enfoque menos lírico, o el guiño final hacia el circo mostrando a los actores saludando y despidiéndose de los espectadores mirando a la cámara. Otra vez el destino cobra importancia mediante la relación que se establece a partir de un encuentro fortuito del personaje de Birkin con el de Sergio Castellitto, quien vuelve a estar excelso en su segunda colaboración con el director francés  a través de un personaje más misterioso y menos histriónico que el de Vete a saber. El actor italiano, además de participar como actor, también colabora en el guión, y ese detalle se percibe en su delicada actuación. Rivette huye del toque habitual en las narraciones de este tipo en la relación entre ambos sin expresar de un modo evidente las intenciones románticas del trotamundos italiano, y se decanta por una atracción espiritual a través de unas conversaciones profundas y existencialistas, a pesar de la reticencia inicial de la mujer por culpa de sus demonios interiores. El que seguramente será el último filme del antiguo redactor de Cahiers resulta un ejercicio cargado de humanidad, franqueza y clarividencia de un veterano autor (la rodó con ochenta y dos años) que siente auténtica devoción por el cine y ha dedicado gran parte de su existencia a demostrarlo. Su corta duración (ochenta y cuatro minutos, la más breve de todos sus largometrajes), posiblemente motivada por el ataque de Alzheimer que sufrió mientras rodaba la película, desprende una clara sensación de obra incompleta, pero no deja de suponer un brillante y personal colofón a una de las cinematografías más perspicaces y cargadas de complejidad y magia que nos ha deparado el séptimo arte a lo largo de su historia. 

NOTA: 7/10



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