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sábado, 3 de mayo de 2014

Animal Love (Ulrich Seidl, 1996)

En la carátula del DVD del documental que nos ocupa hay una frase de Werner Herzog (uno de los más fervientes defensores de la cinta) que resume a la perfección las sensaciones que deja este desalentador proyecto, tan oscuro como cachondo: «Nunca he mirado tan directamente al infierno». Y es que por el año 1996, el director austriaco ya poseía esa mirada demoledora sobre la incomunicación, la apatía y las obsesiones propiciadas por  la decadencia de la sociedad contemporánea, pero lo hacía desde una perspectiva todavía más grotesca que la mostrada en sus posteriores incursiones cinematográficas, en las que desde Días Perros ha suavizado ligeramente (aunque siga siendo su seña de identidad más notoria) el grado de humor negro y sordidez en beneficio de mayor hondura dramática, con el uso de menos personajes, pero sin abandonar su fragmentado estilo documental. Seidl es un autor siempre fiel a su estilo, caracterizado por reiterar en cada trabajo pequeñas variaciones sobre sus temas, con una concepción "bressoniana" en su austera puesta en escena, amparada en eternos planos secuencia y una narrativa basada en la repetición de acciones con pequeñas variantes colocadas de un modo episódico, siempre manteniendo una distancia con lo expuesto y colocándonos en posición de incómodo voyeur gracias a  la invisibilidad de la cámara. Un director que desde sus inicios ha explorado continuamente la línea, casi inexistente en su caso, entre el cine de ficción y el documental, otorgando una narrativa similar a sus proyectos supuestamente documentales y  a los de ficción.


La fragmentada narración nos va presentando paulatinamente a un grupo de personajes que procesan un amor incondicional hacia sus mascotas, básicamente perros y conejos, aunque también hay espacio para gatos, hurones, ratas y cobayas. Dentro del inmenso grupo humano expuesto destacan los dos hombres extraños que viven juntos y luchan en vano para adiestrar al típico perro agresivo de tamaño medio, que no se ponen de acuerdo en su educación, y a la hora de comprarle un sofá a la mascota. En sus ratos de relax, uno de ellos lanza comentarios aparentemente lúcidos contra la sociedad contemporánea. Por otro lado, se nos presenta a dos indigentes que viven juntos y se dedican a pedir limosna para poder comprar una jaula y alimentar a su estimado conejo. Un hombre de más de cincuenta años practica sexo telefónico mientras su perro se encuentra panza arriba a cuerpo de rey en el sofá. Una pareja de separados que se turnan al animal más simpático de la narración (un perro que articula unos ruidos muy peculiares mientras es acariciado en la barriga) a quien le explican detalladamente los motivos de su tortuosa relación. Tampoco tiene desperdicio una pareja de amantes que busca desesperadamente a otras parejas amantes de animales para hacer un intercambio sexual.


La galería de personajes que pueblan Animal love tiene el nexo común de la desesperanza, la incomunicación y la soledad. Las mascotas, una de las escasas motivaciones por las cuales comparten sentimientos profundos, son utilizadas como substitutos del afecto perdido por la ausencia de contacto humano, aunque en algunos casos ese roce existe a través de la gente que convive compartiendo el amor hacia la misma mascota. La mayoría de estos seres, entre los que veremos alcohólicos, indigentes, gordos, ancianos, tatuados con aspecto de legionarios, y todo tipo de inadaptados sociales, viven en edificios cochambrosos en unas condiciones bastante lamentables. También hay espacio para ancianos casi terminales en un hospital (como continuaría explorando en Import/Export más de una década después), e incluso para las clases más favorecidas, con una especie de diva venida a menos que susurra frases románticas al oído de su Husky mientras añora sus buenos tiempos en medio de una montaña de cartas de amor y admiración. Viendo este documental se le quitan las ganas a uno de visitar Austria, aunque es evidente que Seidl se preocupa por cuestiones universales y si viviese en otro país no tendría problemas para hacer un casting similar, ya que la degradación humana está presente en cualquier rincón del mundo. Lo que no queda claro es si esa necesidad de mostrarla continuamente sería tan notoria si no tuviese la nacionalidad austriaca.


Si uno no conoce a Ulrich Seidl, con el título del documental podía esperarse un trabajo «buenrollista» que enalteciese la figura de las mascotas y que, como anuncian a bombo y platillo algunos estudios prestigiosos, explorase su influencia positiva en las condiciones físicas y psicológicas de los seres humanos. Pero claro, tratándose del director austriaco, opta por indagar el lado oscuro de esta relación provocando una incomodidad pasmosa por las situaciones en las que son mostrados sus personajes humanos y animales. Pese a la carga sarcástica habitual en su cine, que aquí alcanza sus mayores cotas, Seidl  es especialista en provocar que nos cuestionemos aspectos de nuestra propia existencia sin ninguna intención de hacer sentirnos bien, e incluso cuando consigue hacernos reír crea una sensación de culpabilidad profunda. Lo más desconcertante con Tierische liebe es tratar de discernir dónde se encuentra la frontera entre la realidad y la ficción. Resulta evidente, o al menos eso quiero creer, que Seidl caricaturiza las situaciones como viene siendo habitual cuando se adentra en el terreno documental, e incluso parece haber espacio para un pequeño guión con la intención de ironizar y dotar de mayor ritmo y enjundia a la narración, pero también queda claro que la mayoría del grupo humano que puebla la pantalla no está fingiendo ese desmesurado amor por las mascotas y no le hace ascos a dar auténticas muestras de cariño hacia ellas, y aprovechar sus minutos de gloria con la opción que les da el austriaco para ejercer el rol de actores.


Que el director austriaco siente una fascinación enfermiza por el feísmo no es nada nuevo. Su filmografía suele estar íntimamente relacionada estéticamente a la de la fotógrafa Diane Arbus por la creación de auténticos lienzos excéntricos protagonizados por marginados sociales, estilizados para conseguir un innegable valor estético que atenúa ligeramente su indudable carga sórdida. Sin embargo, en Animal Love va un paso más allá recurriendo también a la fealdad animal con unas mascotas que, sin tener los culos caídos y la grasa habitual de sus peculiares dueños, caerían eliminados a las primeras de cambio en un concurso de belleza canina. Uno de los aspectos más tremendos debió ser el casting que llevó a cabo para dar con esta galería «trash» humana y animal. Dentro de esta fauna humana hay personajes poseedores de un elevado carisma cómico, como el miembro más activo de la pareja de indigentes, el ser que procesa mayor amor a la hora de morrear a su mascota; con un aspecto a medio camino entre el Denis Lavant de Los amantes del Pont-Neuf y el peculiar actor alemán Lars Rudolph (el protagonista de Armonías de Werckmeister). Este marginal personaje, cuando no pide limosna para su conejo, se dedica a leer un libro con consejos para ligar mientras detalla sus irreverentes aventuras sexuales del pasado, con una sonrisa de oreja a oreja que lo hacen entrañable.


Aunque se trate de un retrato oscuro por la presencia constante de los rincones más oscuros de la condición humana, el director europeo tiene la delicadeza de saber cortar a tiempo cuando el amor animal al cual hace referencia el título supera la fase de los besos, y no  se recrea demasiado en los momentos más delicados, como sucede en un par de tocamientos tímidos genitales que no van a más por el cambio de plano. Los animales, pese a las citadas muestras de afecto a las que no parecen hacerle demasiados ascos, no sufren demasiado a nivel físico, si obviamos una pelea entre dos perros con la arisca mascota de la pareja inicial como violenta protagonista sin bozal. Este malcarado can tampoco se corta propiciando unos mordiscos a su dueño que no dan la sensación de ser fingidos, pero que inevitablemente producen la carcajada generalizada del personal.


Animal love (Tierische liebe)  fue prohibida en algunos países y es la obra más incendiaria y con mayor mala baba de un Seidl que consigue con este siniestro tratado que Gummo de Harmony Korine (otro de los apadrinados por Werner Herzog) parezca una producción subida de tono de Walt Disney. Una experiencia no apta para todos los paladares, pero que deleitará a los incondicionales del Seidl más provocador y pasado de rosca, entre los que me encuentro, que a pesar de todo, como viene siendo habitual, consigue calar hondo con un devastador mensaje que perdura en la memoria aunque sea a base de perturbarla, y por la capacidad que tiene para expresar situaciones atoradas de multitud de lecturas negativas sobre la sociedad contemporánea. Un documental que podría formar parte de una especie de trilogía sobre el terror de las obsesiones urbanas junto a Días Perros y Paraíso: Fe, por la cruda e irreverente forma de mostrar cómo puede degenerar un ser humano cuando se obceca con un solo aspecto de la vida.


NOTA: 9/10

domingo, 9 de marzo de 2014

Paraíso: Esperanza (Ulrich Seidl, 2013)

La tercera y última entrega de la trilogía paradisíaca de Ulrich Seidl nos sumerge en la historia de la hija de Teresa y sobrina de Anna María (las dos protagonistas de los dos anteriores filmes de la trilogía) sin perder ni un gramo de su pronunciada personalidad, aunque supone un pequeño cambio de rumbo en una filmografía caracterizada por dar mayor espacio a la sordidez y la incomodidad. El director austriaco tiene tan idealizadas sus señas de identidad que hasta ha creado una especie de decálogo al estilo Dogma 95, en el que señala todos los puntos que forman su honesto proceder cinematográfico, que se diferencia del restrictivo movimiento danés (aunque comparta algunos puntos) en que él es su único miembro y no impone cortapisas a nadie. En Paraíso: Esperanza nos introduce de un modo absorbente en un relato con pequeñas reminiscencias del Lolita de Stanley Kubrick (basado en la excelente novela de Vladimir Nabokov) combinado con las películas de campamentos juveniles, e incluso las de campos de concentración con un tono más sarcástico.


La película nos presenta a Melanie (interpretada con gran naturalidad por Melanie Lenz, la única protagonista de la trilogía que no es una actriz profesional), una joven de trece años con sobrepeso que había aparecido en los primeros minutos de Paraíso: Amor. Mientras que su madre pasa sus vacaciones en Kenia en busca de sexo fácil, y su tía  planea instaurar el catolicismo más radical en Viena, la joven acude a un estricto campamento veraniego de adelgazamiento para jóvenes con sobrepeso liderado por dos entrenadores y un médico, junto a un amplio grupo de niños orondos e inseguros (cuyo denominador común es que sus padres están todos separados) que se sienten culpables por su aspecto físico y están dominados por caprichos absurdos. Cuando la joven conoce al misterioso doctor queda prendada de tal modo que acude cada día a su consulta con un dolor fingido diferente. Melanie sabe que su idilio no tiene mucho futuro por la diferencia de edad (el médico tiene cuarenta años más que la chica), sin embargo, dedica buena parte de su estancia a debatir con su compañera de habitación (que tiene más experiencia en los asuntos del corazón y el sexo) sobre la forma de vestirse o peinarse para seducirlo definitivamente. Resulta evidente que el doctor, pese a ser un hombre parco en palabras, siente una atracción muy pronunciada por la chica, que le obliga a luchar contra  un claro sentimiento de culpa, pero en primera instancia, a sabiendas de la imposibilidad de desarrollar esa relación, se pone a su altura y actúa como si también fuese un niño enamorado.


Ulrich Seidl utiliza el estricto centro de adelgazamiento para hablar del primer amor y del descubrimiento de la sexualidad a través de una historia romántica imposible en la que cobran importancia las obsesiones inherentes a la adolescencia, esa etapa tan complicada de la vida, atorada de sueños inalcanzables y grandes decepciones; aunque también utiliza este variopinto escenario como una simpática parábola sobre la batalla del individualismo frente al colectivo, aquí representado por el severo régimen dictatorial de un campamento de verano regido por una dura disciplina para conseguir la pérdida de peso mediante una alimentación sana y mucho ejercicio físico, cuyos métodos no parecen demasiado fiables, pero que otorgan un gran cariz irreverente para expresar de un modo ameno la tortuosa adaptación de los adolescentes (independientemente de si tienen unos kilos de más) en una sociedad plenamente dominada por unos adultos que no piensan demasiado en ellos.


A pesar de su engañoso título, como era de esperar, el director austriaco se regodea en la desilusión y la alienación que acompaña a los jóvenes con sobrepeso, exponiéndolos de tal modo que da la sensación de que la única esperanza en la vida de estos deprimidos personajes sea abrumarse con la idea de adelgazar para encajar en una sociedad que otorga poco espacio a los menos agraciados físicamente. La cinta radiografía el mundo de la adolescencia a través de unos jóvenes obsesionados por ser adultos antes de tiempo, que además de tener el sexo como casi única fuente de inspiración, sufren una considerable adicción a los teléfonos móviles y los videojuegos portátiles mientras mantienen unas conversaciones e inquietudes muy creíbles, parecidas a las de buena parte de los chicos de su generación, aunque le pongan mucha más pasión al consumo de chocolate y dulces. Pese al escaso atractivo intelectual de estos chavales, el autor austriaco se las ingenia para mantener en vilo al espectador durante unos diálogos que invitan a una mirada aún más voyeurista de lo acostumbrado en el cine del austriaco, generando una impresión similar a estar espiándolos a través de una mirilla o de una puerta abierta, con una extraña sensación de fascinación y rechazo que impide apartar la mirada, logrando una vez más algo tan complejo en el cine como es la transparencia absoluta de la cámara.


Respecto a las dos incursiones anteriores de la trilogía,  pese a coincidir en utilizar unos personajes pintorescos en el fervor de una búsqueda de la plenitud, que casi siempre viene acompañada del anhelo por el desahogo sexual, resulta evidente que el grado de impacto y de tensión es menor debido a que la inocencia de una niña de trece años en su re-descubrimiento personal se antoja un punto de partida menos excitante, aunque  los primeros pasos romántico-sexuales siempre tengan atractivo, y para una adolescente con sobrepeso el hecho de verse dentro de un cuerpo tan pesado deba suponer un auténtico drama personal.  Mientras su madre y su tía estaban al borde de perder el rumbo en sus vidas, aquí nos presenta a una chica neófita con las crisis personales (gracias a su corta edad) que sólo es un proyecto de los adultos atormentados que suelen poblar las historias del director austriaco.


Sin embargo, dentro de su ideario supone un auténtico canto a la esperanza al alejarse parcialmente de la tragedia y el «mal rollo» que suele acompañar sus planteamientos, y no deja de seducir poder observar por primera vez en su filmografía a un Seidl contenido y tierno, sin necesidad de recurrir a ninguna de esas escenas inquietantes y pasadas de rosca que tanto le han caracterizado hasta la fecha, y ver que incluso se permite la osadía de coquetear con un lirismo desconcertante en una escena puntual en la que aproxima a la narración a un cuento de hadas marciano. Pese a ser su filme menos incómodo, Seidl vuelve a demostrar que en su fría y sarcástica mirada no hay espacio para los prejuicios morales al no demonizar al médico por su impopular comportamiento y deja que sea el espectador quien decida en consecuencia en una historia que podría haber hecho auténticos estragos en manos de un amante del erotismo adolescente como Larry Clark, pero el autor de Días perros, pese a ser un auténtico provocador de masas, en esta ocasión, contra todo pronóstico, opta por tener una actitud similar a la del personaje del médico respecto a su tentación perversa.


La estructura del filme vuelve a mostrar los episodios reiterativos habituales en Seidl para desarrollar una narración que sin perder el riesgo y el arrojo habitual da la sensación de acercarse más al cine convencional por estar dotada de más continuidad que en las dos anteriores. Para ello, se hace valer de un divertido bucle formado por los ejercicios físicos rocambolescos dirigidos por el dictatorial preparador físico, las visitas de Melanie jugando a los médicos en la consulta del doctor, las conversaciones de las gorditas postradas en la cama tras la intensa jornada deportiva, y los guateques nocturnos (que incluyen alguna escapada discotequera y algún asalto a la cocina) aderezados con alcohol y tabaco. Esta tercera aproximación veraniega supone la depuración definitiva de la poderosa y minimalista puesta en escena del austriaco, yendo un paso más adelante en sus habituales composiciones granuladas frontales en las que vuelve a experimentar de un modo todavía más admirable con la perspectiva de su detallada simetría estática, con un excelente uso de los espacios cerrados, mostrando los largos pasillos y las paredes desnudas de las habitaciones de un modo tan desangelado que remiten a los de la celda de una prisión; y con un montaje que sorprende por el fuerte contraste cómico que se establece en los cambios de escena.


Con todas sus grandes virtudes y sus pequeños excesos (que en esta última incursión paradisíaca prácticamente brillan por su ausencia), nos encontramos ante un autor único, difícil de equiparar con algún director contemporáneo. Son inevitables las comparaciones con Michael Haneke por ser su compatriota más conocido, con el que comparte la «bressoniana» austeridad formal enmarcada en eternos planos secuencia, la ausencia de música, y el carácter antropológico de algunas de las situaciones expuestas. Sin embargo, pese a esas claras coincidencias su cine acostumbra a estar mucho más emparentado ideológicamente con la sordidez transgresora de Harmony korine en Gummo o Julien donkey-Boy, o la provocación con preocupaciones sociales de Lars Von Trier en Los idiotas.


A pesar de que como buen filme del director austriaco consigue perdurar en la memoria, Paraíso: Esperanza es la sección de la trilogía que funciona individualmente de un modo menos satisfactorio debido a su menor grado de perturbación y el hecho de dejar menor cantidad de cuestiones en la mente del espectador una vez finalizado su visionado, siendo además la que más se resiente (a pesar de ser la más corta) del cambio en las intenciones iniciales de incluir las tres tramas en una sola película, lo cual no implica que no sea un estimable largometraje y un digno colofón para una trilogía que quedará en los anales de la historia por conseguir la hazaña de presentar en un periodo tan corto de tiempo 3 películas de tal calado en los tres festivales más prestigiosos del panorama cinematográfico, que además pudo estrenar de manera casi simultánea en nuestro territorio, aunque no fuera en las fechas más propicias para acudir a una sala de cine.



NOTA: 7/10


sábado, 22 de febrero de 2014

Paraíso: Fe (Ulrich Seidl, 2012)

La segunda película de la trilogía paradisíaca del austriaco Ulrich Seidl está inspirada claramente en un personaje de su documental, Jesus Du Weisst,, en el que una cámara fija sieguía los rezos y las conversaciones con Jesús de seis personas que acuden con frecuencia a la iglesia. Paraíso: Fe se basa exactamente en las experiencias de una mujer que da gracias al Señor por la invalidez reciente de su marido, quien ve como un acto divino para corregir sus excesos anteriores. Seidl es un director que pese a tener una formación clásica en la Escuela para la Música y las Artes de Viena, ha desarrollado un estilo propio en el que destaca la desconcertante virtud que tiene para lograr que sus documentales den la sensación de ser películas, gracias a la aparición de elementos de ficción con un alto componente humorístico, y que sus largometrajes de ficción parezcan documentales, debido a la obsesión que tiene por dotarles de un hiperrealismo exacerbado. Paraíso: Fe obtuvo el Gran Premio del jurado en el último Festival Venecia, durante el gran año de Seidl, en el que ha participado en los tres grandes festivales del panorama cinematográfico con una trilogía que a pesar de bajar ligeramente el nivel en la última entrega puede mirar a la cara con dignidad a la de los Tres colores de Kieslowski (aunque el ideario de Seidl se encuentre en las antípodas del esteticista proceder y del enfoque lírico del talentoso autor polaco).


La narración arranca con Anna Maria, una mujer de mediana edad con aspecto de pertenecer a otra época por su look desfasado (con un peinado que remite claramente al de Carrie Fisher, la princesa Leia de La guerra de las galaxias). Nuestra protagonista trabaja haciendo pruebas de diagnóstico radiológicas a los pacientes en una clínica. Una vez terminada su jornada laboral lleva una vida monótona que solamente parece apaciguar con una devoción religiosa que le obsesiona hasta tal punto que solo encuentra enemigos en la gente que no cumple sus preceptos. En su periodo vacacional veraniego decide no marcharse de Viena para poder convertirse en una especie de misionera que se acerca en tren a los suburbios más pobres de su ciudad para ir puerta a puerta con la intención de difundir el amor a Jesús, acompañada siempre de una estatua inmensa de la Virgen María y agua bendita en una botella con un difusor. Sin embargo, su existencia y la película darán un giro radical a la media hora cuando, tras dos años de ausencia en Egipto, aparece de repente su marido en silla de ruedas (por un accidente del que no se mencionan las causas), con quien Anna Maria no reprimirá los sentimientos nocivos hacia su persona, negándose a compartir la cama, además de hacerle la vida prácticamente imposible.


La primera escena contiene el grado de impacto inherente al cine del austriaco, presentando a la protagonista arrodillada ante la cruz, desnuda de cintura para arriba, y dándose azotes mientras dialoga con su idolatrada figura de Cristo. Un lienzo que deja evidentes muestras del grado de ofuscación de una Anna Maria, que posteriormente veremos caminando de rodillas por toda la casa mientras va realizando sus rezos. Seidl continúa demostrando su capacidad antropológica para diseccionar comportamientos rocambolescos llevados al extremo, mediante el retrato psicológico obsesivo de una mujer cuyo amor incondicional hacia Jesús le irá aproximando paulatinamente al vacío existencial y al odio absoluto hacia la humanidad, haciendo caso omiso a las consignas católicas de amar al prójimo que tanto proclama. Un personaje que por la noche dialoga cariñosamente con una fotografía de Jesús, lanzándole halagos sobre su hermosura y que observará con estupefacción cómo su devota existencia se verá gravemente alterada con la aparición de su paralítico esposo, que para más inri es musulmán (aunque no parece demasiado fundamentalista si lo comparamos con Anna Maria), e inicialmente parece ser un personaje mucho más centrado mentalmente por las reacciones ante el fanatismo de su mujer. Sin embargo, como era de esperar tratándose de un  trabajo de un autor tan poco condescendiente con sus personajes, a medida que avanza la narración muestra un comportamiento radicalmente machista, como demuestra en una disputa en el suelo en una de las escenas más patéticas y potentes del filme. 


La perturbada protagonista coincide con el personaje de la primera parte de la trilogía (que precisamente es su hermana) en la búsqueda en vano de la felicidad, aunque por medios totalmente opuestos y con un tono muy distinto: mientras que Paraíso: Amor arranca con un gran aire humorístico gracias a sus diálogos iniciales que va relajando paulatinamente conforme avanza la historia, aquí sucede justo al contrario; durante la primera media hora, sin apenas diálogos, el director austriaco nos presenta la vida cotidiana de Anna Maria con más calma y seriedad, y va variando el tono conforme vamos conociendo a una protagonista mediante su habitual distanciamiento con lo expuesto, aunque da la ligera sensación de que se aproxima más de lo habitual para conseguir mayor credibilidad debido a la peculiaridad de su forma de vida. Las dos primeras películas de la trilogía, que son como la noche al día por usar un escenario y unas inquietudes de las dos protagonistas tan diferentes, mantienen una calidad similar, aunque esta segunda incursión resulta más llevadera por el irreverente sentido del humor que desprenden las acciones de la gran Maria Hofstatter, con un tono cómico todavía más desarrollado que en la primera entrega africana, que aunque presentaba también algunos momentos muy divertidos estaba protagonizada por un personaje no tan excéntrico cuyas acciones eran mucho más consecuentes.


La cinta austriaca, posiblemente, hubiese resultado muy diferente sin la presencia de la gran Maria Hofstatter, quien borda una de las actuaciones más sorprendentes de los últimos tiempos, logrando caer bien y generar lástima incluso en el papel de una mujer con una actitud grotesca, quien ha perdido completamente el rumbo. Su personaje recuerda al de la autoestopista irreverente de Días perros que iba agobiando al personal a base de preguntas ridículas, aunque con un objetivo completamente diferente, que resulta menos cargante y violento. La actriz austriaca, además de su gran talento y simpatía, demuestra ser una actriz especializada en las peleas físicas cargadas de patetismo, como deja constancia (además de en la citada escena con su marido) en un percance con una inmigrante rusa ebria a quien intenta apartar del alcohol en una de sus irreverentes visitas como misionera, y hace unos años en un pequeño rol de otra enfermera en la desoladora Import/export,  cuando tras sufrir un ataque de celos compulsivo montaba otra de esas trifulcas ridículas que sólo ella es capaz de llevar a cabo.


Como buena obra de Seidl, no faltarán los momentos subidos de tono que tanto le caracterizan, aquí representados en una orgía en un descampado con unos personajes que podrían ser perfectamente la galería de seres que campan a sus anchas en Animal love, uno de los documentales más oscuros del director austriaco en el que diseccionaba la relación de unos seres humanos disfuncionales con sus queridas mascotas. Dicha secuencia forma parte de los excesos habituales de Seidl al mostrarlo con un enfoque semi-pornográfico, aunque sea presentada como una evidente alegoría religiosa sobre el miedo a desviarse del camino del Señor por parte de Anna Maria. Sin embargo, la otra secuencia pasada de rosca, la del crucifijo «amoroso», además de ser algo que se ve venir tras su contundente arranque y las primeras caricias nocturnas, tiene una carga humorística y simbólica muy elevada para mostrar su pérdida de papeles en la devoción al Señor, y no resulta nada explícita visualmente tratándose de un tipo tan perverso como Seidl. 


De todos modos, el exhibicionismo sórdido habitual del austriaco parece que se suaviza en esta segunda entrega debido a la menor presencia sexual en pantalla, pero eso no es óbice para que seguramente provoque la indignación (si son conscientes de su existencia) del colectivo católico más fanático que suele aprovechar estas circunstancias en el cine para lanzar sus iras (en muchas ocasiones sin haber contemplado la película), como sucedió en el pasado con Godard  y Scorsese en Yo te saludo, María y La última tentación de Cristo. Al margen de lo que pueda opinar este sector eternamente cabreado con la humanidad (como el personaje de Anna María), en la cinta que nos ocupa, a pesar del grado de extremismo en la forma de mostrar ciertas actitudes del ser humano, hay bastante respeto hacia las instituciones religiosas, aunque sus símbolos sufran algún que otro percance. La película no va más allá de ofrecer una representación exagerada de cómo puede degenerar una persona cuando centra su existencia única y exclusivamente en un solo aspecto de la vida, recreándose más en la infructuosa y errática búsqueda del amor a través de un perfil completamente alienado que en denunciar el fanatismo religioso en sí, del que sólo se mofa de algunas de sus trasnochadas consignas.


La narración transcurre durante la mayor parte del tiempo en la casa de la fanática religiosa y en los espacios cerrados de las viviendas de la gente que recibe su particular sermón, con el aspecto habitual dentro de su estilizado minimalismo con largos planos secuencia (con gran predilección por las espaldas de los personajes), y una narrativa basada nuevamente en la reiteración de acciones con pequeñas variantes colocadas de un modo episódico. Todo ello enmarcado con el poderío visual que atesora el equipo formado por sus 2 directores de fotografía, que brilla especialmente en las reuniones en casa de nuestra protagonista de una pequeña congregación cuyo principal objetivo es conseguir instaurar el catolicismo romano en Austria. En dichos encuentros vuelve a demostrar su talento consiguiendo panorámicas instantáneas con los habituales modelos del austriaco mirando fijamente a la cámara, que aquí sustituye a la figura de Jesucristo a la cual dedican los rezos.


La cinta austriaca atraerá a todo aquel que disfrute con la siniestra ironía que suele acompañar a los comportamientos obsesivos que bordean el masoquismo y el sadismo, aunque también funciona perfectamente como conmovedor y despiadado drama sobre la soledad y la locura, a pesar del desconcierto que provoca el hecho de que una historia con carácter tan perturbador tenga unos momentos tan delirantemente divertidos. Sus innumerables detractores posiblemente dirán que hay ocasiones en las que el director austriaco parece disfrutar recreándose en el grado de sordidez, patetismo y pesimismo, y que la vida, pese a todo, también tiene sus momentos agradables ajenos a la alienación personal; pero queda claro que el director austriaco, hasta la fecha, no parece estar por la labor de dar espacio en su cine a situaciones idílicas, y las escasas veces que lo hace son presentadas mediante el sexo, siempre con un enfoque oscuro y perturbador, en un mundo en el que hasta los «gatitos» están en estado de eterna crispación.


NOTA: 8,5/10


sábado, 1 de febrero de 2014

Paraíso: Amor (Ulrich Seidl, 2012)

La propuesta más ambiciosa en la trayectoria como director de cine del austriaco Ulrich Seidl está dividida en una trilogía que inicialmente estaba programada para ser una sola película, pero finalmente al percatarse de que iba a quedar muy extensa decidió dividirla en tres secciones. Cada filme se centra en la historia de una mujer diferente dentro de la misma familia (dos hermanas y la hija de la primera, que veremos juntas al principio de la primera entrega) en busca de sus anhelos durante las vacaciones, a cual más irreverente: la primera opta por el turismo sexual en África, la segunda se transforma en una especie de misionera en una cruzada para convertir a los austriacos al catolicismo, y la tercera se apunta a un campamento para jóvenes con sobrepeso. Paraíso: Amor (rodada en 2012) sigue los pasos de su anterior Import/Export dotando al cine del austriaco de algo más de luz que en sus trabajos iniciales, pero en este caso aderezado con una mayor presencia de su habitual oscuro sentido del humor que daba la sensación de haber perdido parcialmente en su película precedente. La cinta nos presenta a un Seidl tan desconcertante y explícito como siempre, aunque en esta ocasión se reserva casi todo para una escena difícil de olvidar..


La película nos presenta a Teresa, una madre con sobrepeso pasada la cincuentena (de la cual no se especifica si es soltera o divorciada hasta que nos enteramos en la tercera entrega de la trilogía) que trabaja como encargada en una feria y deja a su hija y a su gato con su hermana en Viena para realizar un viaje a Kenia buscando entrar en contacto con un universo exótico, aunque la principal motivación sea la de la búsqueda de sexo fácil con los jóvenes keniatas a cambio de dinero. La turista austriaca se percatará rápidamente de que los jóvenes que la asedian sistemáticamente en la playa además de vender las sortijas pueden apaciguar sus picores. Sin embargo, ella es más ambiciosa, quiere amor, delicadeza  y que le miren a los ojos cuando están a su vera, mientras que sus amantes, como era de esperar, sólo tienen la clara intención de hacerse con su ansiado dinero europeo, aunque curiosamente nunca se lo piden de una manera directa en un principio.


Paraíso: Amor arranca con una secuencia desconcertante muy próxima a la imaginería de Harmony Korine en sus trabajos más incendiarios, con un grupo de personas con discapacidad mental en unos autos de choque, que no tiene ninguna relación aparente con lo expuesto posteriormente en esta primera incursión paradisíaca más allá de poder ser utilizado como una alegoría sobre el infantilismo de la protagonista. En la primera parte, la narrativa se centra en la llegada de Teresa al lugar vacacional y su aclimatación junto a sus compañeras de estancia. Seremos testigos de las actividades habituales en la playa organizadas para los turistas, y el plácido descanso en las hamacas con unas conversaciones muy divertidas (por su elevado grado de patetismo) de las orondas féminas sobre las preferencias de los keniatas respecto al bello púbico, y algunos comentarios ofensivos en alemán con aires de superioridad mofándose de los nativos del lugar, como el de la mujer a quien le pone a cien el olor a coco de la piel de los negros. Otro aspecto que le otorga un aire cómico constante a la narración es la avalancha humana motorizada con intenciones de transportarla que se produce cada vez que sale del hotel o al llegar a la playa cuando sufre el asedio de los vendedores de sortijas, siempre con el «hakuna matata» (no hay problema) en boca de los keniatas. Todas estas situaciones se reiteran sistemáticamente mientras nos adentramos en la segunda mitad a través de las experiencias amorosas de Teresa.


Seidl lanza su oscura mirada  contra el fenómeno del turismo sexual y el poder del dinero capitalista mediante la presentación de las «Sugar Mamás» (nombre que se le otorga a las mujeres maduras que ya no reciben el amor que necesitan en su país y cuya felicidad pasa por la sexualidad a costa del dinero), pero también apunta a otras situaciones execrables de los habitantes de estos paraísos sexuales donde el dinero parece ser también el único motor que lo mueve todo. En un principio resulta evidente que el blanco de las iras apunta a las maduras fondonas, pero Seidl va modificando su perspectiva paulatinamente y no termina de exponer claramente quién resulta más lamentable en la relación establecida entre las turistas y los jóvenes africanos, ya que ambos se vampirizan mutuamente de un modo poco ético por motivos diametralmente opuestos. Con el pretexto del comercio sexual, Seidl vuelve a indagar en los abismos más oscuros del ser humano a través de su devastadora e incómoda visión, ausente de moralidad y plagada de sarcasmo y mala baba, que no renuncia a radiografiar los problemas, y muy especialmente las obsesiones decadentes provocadas por la alienación de la sociedad contemporánea. Su pesimismo exacerbado frecuentemente se confunde erróneamente con cinismo, misantropía, desprecio y burla, pero tras esa deprimente mirada es evidente que el autor austriaco esconde grandes dosis de un humanismo delicado que a simple vista parece estar en las antípodas de una imaginería sórdida que es utilizada como mero vehículo para mostrar los vicios universales de la sociedad. Todo ello está tratado con su frío y ambiguo distanciamiento habitual, sin utilizar prácticamente ornamentos ni subrayados, dejando claras señas de su pasado como documentalista, estimulando para que sea el espectador quien saque sus propias conclusiones y distanciándose de gran parte de los autores con tintes sociales (la mayoría de corte maniqueo) del panorama actual.


El evidente aroma documental con el que dota a sus películas de ficción parecía más propicio para historias corales como había sucedido en todos sus trabajos anteriores, pero aquí demuestra que también está capacitado para sacar lo mejor de una historia con un solo personaje central. Teresa es presentada como una mujer vulnerable que se siente vieja y fea, que inicialmente resulta antipática por su absurdo sueño romántico en un paraíso sexual de prostitución, y por el antes citado cachondeo generalizado  a costa de los nativos llevado a cabo junto a sus compañeras vacacionales, pero conforme avanza la narración va generando paulatinamente comprensión y lástima por los disgustos que se va llevando en su infructuosa búsqueda del amor, y las reacciones de su nuevo amado africano cuando no recibe el dinero esperado para sus infinitas demandas. Margarete Tiesel está descomunal en un papel complicado para una mujer de su edad y peso por la cantidad de escenas que implican su desnudez y la participación activa en la escena semi-pornográfica de rigor que suele tener una aparición sistemática en el cine del provocador Seidl.


Estéticamente hablando, la puesta en escena es la habitual en Seidl, tan atractiva como austera, siempre bajo la atenta mirada del plano secuencia, con la inestimable ayuda del tándem fotográfico formado por Edward Lachman y Wolfgang Thaler, que otorga un poderío estético que en Paraíso: Amor brilla especialmente en las escenas donde se nos muestra a las turistas tumbadas alineadas en sus camastros gracias a la ubicación de la cámara desde diferentes perspectivas para lograr una visión más amplia y sugestiva, con las que ya experimentaron en sus trabajos anteriores, especialmente en Días perros. Resulta muy atractivo el contraste entre la calma de la claridad luminosa de las actividades durante el día soleado con la de las escenas sexuales nocturnas en unos interiores con escasa iluminación artificial. La fealdad erótica y sexual es una de las señas de identidad de Seidl, y en esta ocasión vuelve a conseguir auténticos lienzos excéntricos con un admirable poder fotográfico en una auténtica oda a la grasa femenina (mediante los cuerpos rechonchos de las turistas) y al pene africano en sus diversos estados de ánimo.


Una de las grandes bazas del director austriaco es la capacidad que posee para expresar situaciones atoradas de multitud de lecturas que logran perdurar incluso en los momentos más desagradables. Se le puede achacar que en aras a ser fiel a su realismo aumentado coloca a la pobre Margarete Tiesel en situaciones embarazosas cargadas de un efectismo extravagante (que parece no poder evitar mostrar) y pueden oscurecer su devastador mensaje para los que no estén libres de prejuicios; seguramente colocados por el afán del director austriaco de no perder su privilegiada posición de gurú del «bizarrismo» cinematográfico europeo. No obstante, pedirle moderación a un director tan excesivo como Seidl sería el equivalente a lamentarse por el uso lírico del agua de Tarkovski, la frialdad religiosa de Bresson o la representación del dolor y la angustia de Bergman.

NOTA: 8/10



martes, 31 de diciembre de 2013

Días Perros/Hundstage (Ulrich Seidl, 2001)

Si hay una palabra que define al universo cinematográfico de Ulrich Seidl es, sin ninguna duda, «sordidez». Desde su primer largometraje, ya sea de ficción o documental, se ha caracterizado por mostrar la decadencia del ser humano moderno europeo sin tapujos, independientemente de la clase social a la que pertenezcan. Con un estilo cercano al documental, sin banda sonora y con largos planos secuencia, el director austriaco no suele evitar enseñarnos ningún momento embarazoso, de ahí que suela tener un enorme grupo de detractores que solo ven en él a un provocador de masas, y en las proyecciones de sus películas se suela producir un abandono masivo. Debido a su nacionalidad, a la crudeza de sus contenidos, y a la austeridad formal, se le suele comparar con su compatriota Michael Haneke, pero la relación no va mucho más allá de esos aspectos. Lo que más distancia a los dos directores austriacos es el uso del humor retorcido por parte de Seidl, factor que no destaca en absoluto en el ideario del autor de Funny Games salvo en un par de momentos puntuales a lo largo de su extensa trayectoria.


Seidl lleva una prolífica carrera como director de documentales con un alto componente de ficción. En 1996 realizó Animal love, su incursión más mundana, irreverente y estrafalaria junto a la cinta que nos ocupa, en la que unos personajes marginales mostraban sin tapujos su adoración incondicional hacia sus mascotas. En Models, su primera incursión en el cine de ficción (aunque en muchos sitios aparece inexplicablemente como documental), nos mostraba la vida cotidiana de tres modelos bastante estúpidas, con sus banales aspiraciones y despojando de todo el glamour que suele acompañar a esa mediática profesión. En su tercer filme (el segundo es el que hoy nos ocupa), Import/Export, se centra en la inmigración en su película con más contenido social, aunque para ello huya de la denuncia a la que estamos acostumbrados es este tipo de argumentos, y se recree, con sus excesos tan característicos, en las situaciones más bizarras y en las extremas condiciones en las que viven los protagonistas. Recientemente ha realizado en apenas un año una de las trilogías más impresionantes del cine europeo, presente en los tres grandes festivales europeos; adentrándose en temas tan dispares como el turismo sexual en África, el fanatismo religioso y la obesidad adolescente.


Hundstage, el título original de la película, hace referencia a  la denominación que tiene en Austria la época más cálida del año (lo que aquí llamamos canícula). Se nos presentan, a modo de historias cruzadas totalmente alejadas de los referentes en este tipo de cine ―Short cuts y Magnolia― seis historias de personajes con la unión común de la alienación, la desesperanza, la incomunicación y la soledad, en el transcurso de dos calurosos días en una zona residencial de Viena (todos ellos, con un desequilibrio más que evidente, llevan a cabo situaciones que van desde el tedio más absoluto a otras que rozan el absurdo).


Tenemos a una pareja de «garrulos» discotequeros que no paran de discutir durante todo el metraje. Una autoestopista no muy lúcida (mi personaje favorito de largo) que intimida a sus «victimas» haciéndoles preguntas absurdas sobre rankings (dignos del peor test de revista cutre), incordiando con cuestiones sobre la edad, estado físico y actividad sexual de los conductores, y registrando el bolso de éstos. Un personaje con una verborrea desbocada que le lleva a no callar ni un momento. Otra de las secciones más potentes es la que presenta a un matrimonio divorciado (con niño fallecido en el pasado) que vive bajo el mismo techo. Seremos testigos de las visitas de las aventuras sexuales pertinentes de la mujer mientras el ex-marido perturbado se pasea sin inmutarse por la casa, hasta que amenaza con una pistola de agua a un amante de su ex en la cocina. Este siniestro y simpático personaje siempre va acompañado de su inseparable pelota de tenis con la que juguetea con vehemencia. También conoceremos la historia sobre un técnico en alarmas que en sus ratos libres se encarga de la seguridad de los vehículos del vecindario. Este individuo involucrará de un modo despreciable a nuestra pobre autoestopista en el affaire vecinal. Por otro lado, expone la historia de una profesora que ronda la cincuentena y tiene inquietudes masoquistas. La maestra es motivo de disputa entre dos descerebrados con una gran afición al alcohol. Y para acabar, la vida rutinaria de un viejo viudo que le pide cierto favor en forma de strip-tease a la señora de la limpieza, también anciana.


Una de las principales señas de identidad del director europeo es el feísmo con el que impregna todas y cada una de sus obras, que provoca una sensación similar como si nos estuviésemos enfrentando a instantáneas de Diane Arbus en movimiento. Esa fealdad tiene especial tratamiento en el apartado sexual mediante la desnudez en los baños y salones de sexo colectivo. Las partes de la orgía a la que acude con regularidad la mujer del matrimonio de divorciados que viven juntos bien pudiera pertenecer al género pornográfico; terreno al que suele acudir esporádicamente en su filmografía, pero siempre desde una visión provocadora, oscura e inquietante. Seidl se siente muy a gusto mostrando el sexo explícito, y muy especialmente los desnudos de anciano, la celulitis y la grasa de los obesos. Ese es el principal motivo por el cual su cine suele ser rechazado por la mayoría. En Días Perros es donde más se recrea en estos aspectos, pero lo hace dotándolo de un irreverente sentido del humor incendiario que, quizá, no todo el mundo sepa apreciar por esa capacidad de herir al espectador, consiguiendo hacerle recapacitar sobre aspectos de su propia existencia.


Las situaciones que acontecen están colocadas de un modo fragmentario y con un elevado grado de improvisación de los actores, saltándose los preceptos de la narrativa convencional. Unas circunstancias que no pretenden aleccionar ni dar discurso alguno, limitándose a mostrarlo a modo de voyeur, desde una fría distancia, pero con una visión muy pesimista de la vida. No hay ninguna acción que desprenda el menor atisbo de esperanza, propiciando una violencia en sus imágenes que no siempre es física, pero que consigue perturbar en todo momento por su descorazonadora visión de la sociedad actual. Desde luego, no es la película ideal para levantar el ánimo de alguien alicaído, ya que se trata de su incursión más radical hasta la fecha, aunque en Import/Export, y en su reciente trilogía paradisíaca da la impresión de que ha encontrado un pequeño atisbo de esperanza (especialmente en la sección del campamento juvenil de la trilogía), que habrá que comprobar si tiene continuidad en su próximo proyecto.


En el plano formal destaca la luminosidad exagerada de las imágenes, que provoca una sensación extraña. Su hiperrealismo está aderezado de una estilización estética que atenúa ligeramente la sordidez y destaca por un magnífico tratamiento de los espacios en sus tomas largas y estáticas mediante hipnóticos encuadres. Unas imágenes que no tienen acompañamiento musical si no está siendo escuchado por sus personajes en la radio o en una discoteca. Las interpretaciones mezclan actores profesionales con amateurs (casi al modo Bressoniano) y ayudan a generar esa sensación enfermiza de hiperrealismo que siempre busca el austriaco. Mención especial para la primera colaboración con Seidl de la gran Maria Hofstatter en el rol de la autoestopista. Un personaje capaz de generar vergüenza ajena, odio y ternura al mismo tiempo, que remite claramente al de su interpretación más potente, el de la fanática religiosa de Paraíso: Fe; aunque en esta ocasión tiene menos espacio por ser una obra coral, y su rol resulte más incómodo por la verborrea exasperante de la que hace gala en todo momento. Pese a ser una auténtica perla de personaje, esa menor incidencia en la narración impide la empatía que se produce con el de la fanática religiosa en la trilogía.


Destaca la capacidad innata que posee el austriaco para radiografiar a sus alienados personajes en sus complicadas relaciones personales, y desconcertar propiciando una sonrisa o una carcajada en las situaciones más inverosímiles. Mención especial para una de las escenas más divertidas, tensas y siniestras de su filmografía, protagonizada por los dos tipejos que luchan por el amor de la profesora. SPOILER- El supuesto amigo del amante, interpretado con gran solvencia por otro de los habituales de Seidl (quien ejercía el rol del asistente sanitario en Import/Export) siente una nueva atracción por la mujer, y después de sacar una pistola le coloca al alcoholizado amante una vela encendida en el culo y le obliga a cantar el himno de Austria a modo de arenga por su actitud despreciable hacia la profesora FIN DE SPOILER. Una escena que sólo puede tener cabida en la enferma cabeza del director austriaco y ejemplifica a la perfección su delicado humanismo disfrazado de cinismo y misantropía, aunque es evidente que algo de ello también hay porque se percibe que el director de la trilogía paradisíaca disfrutó en esta película, tal y como hizo en Animal Love, con estas situaciones extremas dominadas por el humor negro.


Resulta evidente que Ulrich Seidl tiene un talento especial para provocar la incomodidad extrema, haciendo invisible la presencia de la cámara (uno de los aspectos más difíciles de llevar a cabo en una filmación). Se le podría pedir un poco de mesura en la iconografía que tanto desagrada a sus detractores, pero posiblemente su lenguaje dejaría de tener ese sello tan personal que lo caracteriza.

Vientos decadentes para la Europa de comienzos del siglo XXI de la mano uno de los directores más peculiares del viejo continente. Un autor que nunca traiciona su descorazonadora forma de ver el mundo.


NOTA: 9/10


miércoles, 30 de octubre de 2013

Import/Export (Ulrich Seidl, 2007)

Rodada en 2007, seis años después de Días Perros, la película más incisiva  y pasada de rosca de Ulrich Seidl (entre ambas rodó el irónico documental Jesus Du weisst), Import/Export se presenta como su trabajo más equilibrado, concienciado socialmente y cargado de un humanismo radical. Un filme dotado de una sinceridad imperturbable cuyo curioso título hace referencia a la historia paralela sobre dos almas que buscan trabajo y se encuentran en una batalla personal para encontrar su lugar en el mundo, que inician un viaje con recorrido opuesto, de Ucrania a Austria y de Austria a Ucrania, pero nunca coinciden en pantalla. Por un lado se nos presenta a Olga, una madre soltera ucraniana que trabaja como enfermera con unos ingresos que no le llegan para mantener a su hijo y busca desesperadamente un nuevo trabajo. Después de intentar sacar dinero  a través del sexo por internet en su ciudad natal queda avergonzada y deja a su madre a cargo del pequeño para establecerse en Viena en busca de un futuro laboral más prometedor. Por otro lado tenemos a un joven austriaco que vive con su madre y su padrastro,  y es despedido de su reciente trabajo de guarda de seguridad tras ser humillado por unos energúmenos en el lugar que vigilaba. Paul tiene deudas económicas importantes con personajes dudosos y se ve en la obligación de acompañar a modo de huida a su padrastro en un viaje al este de Europa que culmina en Ucrania para  ayudarle transportar unas máquinas tragaperras.


El director austriaco ataca claramente a los excesos del sistema capitalista mediante un retrato angustioso por la proliferación de la miseria humana y moral, la alienación y la deshumanización de la sociedad del bienestar de la Europa Occidental (representada aquí por Austria) que se aprovecha de la precariedad laboral de los inmigrantes ofreciéndoles los trabajos que nadie quiere por unos sueldos irrisorios. Import/Export es su incursión de ficción cinematográfica donde trata mayor diversidad de temáticas: además de la desigualdad social y del intercambio cultural también hace hincapié en la capacidad de adaptación del ser humano a las peores condiciones posibles, a la influencia de las nuevas tecnologías (aquí representadas en el porno de internet),  y al tratamiento de los enfermos terminales en los hospitales mientras esperan pacientemente la muerte. Seidl, reconocido por poseer una de las miradas más críticas, radicales e incendiarias de la cinematografía europea, siempre resulta insobornable a su estilo exhibiendo esa capacidad tan arrolladora que posee para enseñar lo absurda que puede llegar a ser la conducta humana en determinadas circunstancias, nutriéndose básicamente  de pequeños momentos individuales con un alto grado de improvisación en un trasfondo de tragedia contenida en los que se salta los preceptos establecidos en el cine convencional, colocando siempre al espectador en una situación de incómodo voyeur, incitándole a que se cuestione aspectos de su propia existencia sin ninguna intención de reconfortarle.


En Import/Export tiene la habilidad suficiente para conseguir generar interés a través del proceso de descubrimiento personal mediante el contraste entre los estados de ánimo del dúo protagonista, ambos agobiados por la precariedad laboral y económica, son expuestos como los peones de una experiencia implacable  sobre la degradación de la existencia humana. En esta desoladora incursión por la vieja Europa continúa manteniendo el pesimismo inherente a su peculiar proceder cinematográfico, pero con menor presencia del humor negro que tanto le  caracteriza, basado casi siempre en el patetismo de las situaciones; aspecto que provoca que el desasosiego sea todavía mayor, aunque genere en el ambiente de un modo casi imperceptible un grado de esperanza que no se había visto en su filmografía anterior, y que ha continuado mostrando en su trilogía paradisíaca. Pese a todo, la cinta está atorada de algunas situaciones divertidas que ayudan a minimizar el atroz grado de violencia psicológica y fatalismo emocional que ronda siempre en el ambiente, como en la escena en la que un enfermero se pone en la piel de Sherlock Holmes en busca del «terrorista» que ha tirado su pañal sucio en el pasillo, o  al principio cuando Paul intenta conseguir que su novia aterrorizada acaricie un perro que quiere comprar, provocando la ruptura inminente de la pareja tras el ultimátum que le ofrece la chica, obligándole a elegir entre ambos.


Un aspecto que diferencia al dúo protagonista respecto a los personajes corales de sus 2 largos de ficción anteriores es que desprenden cierta ternura y humanidad, dando la sensación de ser 2 personajes cuerdos superados por las circunstancias, mientras que en Models sus protagonistas eran unas estúpidas, plagadas de las banales aspiraciones que implica una profesión tan mediática como la de las modelos, y en Días perros presentaba una galería de personajes disfuncionales tratando de sobreponerse a sus paranoias sociales en el fervor del calor veraniego. Pese a su irrespirable atmósfera, también hay lugar para momentos entrañables y dulces que vienen siempre de la mano del personaje interpretado por una estupenda Ekateryna Rak (en su primer papel en el cine), que a pesar de su titulación médica se ve obligada a trabajar como operaria de limpieza en un geriátrico vienés, pero no puede evitar ayudar a los pacientes con mucho más mimo y cariño que el mostrado por los profesionales del centro médico, aunque no se le permite tocarlos. El personaje interpretado por el también neófito Paul Hofmann representa el cliché de tipo duro, no muy lúcido intelectualmente, que práctica entrenamiento militar y cuida sus músculos con devoción; sin embargo, su situación resulta tan tristemente patética que es imposible no empatizar con él conforme avanza la narración, y además intenta poner un poco de cordura y equilibrio en los actos del indeseable que le ha tocado como padrastro.


La utilización de un grupo de ancianos enfermos reales en el rol de los pacientes del hospital, algunos moribundos y en los huesos, es todo un acierto para propiciar el ansiado y enfermizo hiperrealismo tan característico del austriaco, a pesar de que presente alguna situación éticamente discutible que puede herir a los más sensibles en la fiesta donde aparecen maquillados y disfrazados, en una escena con todo el toque estrafalario de Seidl. Curiosamente, las secuencias donde  les cambian los pañales a dichos ancianos, pese a su sordidez, son las más entrañables de la película  y están en  clara contraposición con los momentos sexuales que aparecen siempre impregnados de «mal rollo». Su predilección por dar espacio a situaciones que causan rubor  e inquietud en el espectador es algo innato y en Import/Export no se queda corto en la secuencia donde una joven que se dedica a la pornografía en la red de internet se masturba en una Webcam con el primer plano de sus vergüenzas en el monitor que tiene delante ante la atónita mirada de la amateur Olga mientras intenta aprender el oficio. Sin embargo, la circunstancia más deplorable, por su humillante carga psicológica, es la que muestra al padrastro de Paul completamente ebrio, intentando hacer apología de las virtudes del dinero capitalista en un hotel con una joven prostituta ucraniana, en uno de esos momentos plagados de múltiples lecturas que sólo es capaz de llevar a cabo un autor tan empecinado en dar rienda suelta a los comportamientos de la basura humana, y en el que curiosamente sale peor parado quien pretendía mofarse de la prostituta.


En el plano formal, presenta la puesta en escena austera habitual en Seidl, decantándose más que nunca por la mezcla entre realidad y ficción para lograr la máxima autenticidad, con un aspecto deudor del cine minimalista de Robert Bresson (con el que coincide en el distanciamiento con lo expuesto, la falta de juicios de valor, la utilización de actores no profesionales y las múltiples visiones de los hechos que incitan a su re-interpretación). En esta ocasión vuelve a hacer gala de un montaje talentoso, cambiando el calor asfixiante y la iluminación resplandeciente de su anterior Días perros por el gris y azulado del frío invernal dominado por la presencia constante de la nieve, que sirve como evidente  metáfora sobre el aspecto glacial de nuestra sociedad. Su realismo atroz está acompañado de una estilización estética que destaca por un magnífico tratamiento de los espacios en sus tomas largas y estáticas mediante hipnóticos encuadres, que alterna con la cámara en mano en movimiento para seguir a sus personajes a través de la nieve con la presencia de los edificios comunes en las zonas más humildes de la Europa del este, en los que saca a relucir su pasado  como artista plástico y fotógrafo,  proporcionando prodigiosas instantáneas con menor extravagancia de lo habitual, pero más dolorosas, si cabe. la cinta austriaca  muestra una cadencia sosegada debido a la narrativa influenciada por el documental con ausencia de artificios tan tradicional en Seidl, que sólo recurre a la música cuando es escuchada por sus personajes; sin embargo, pese a ser su película más silenciosa, con una notoria ausencia de diálogos durante muchos tramos, mantiene una intensidad pocas veces vista en pantalla, logrando una narración ágil y totalmente impredecible a lo largo de 2 horas y 21 minutos que pasan como un suspiro, cuyo implacable epílogo está a la altura del descorazonador mensaje que impregna una obra que continúa indagando y buscando nuevos caminos en esa especie de género basado en el terror social y urbano que inauguró con Animal Love y Días Perros.
                                                       
                                                         

NOTA: 8,5/10