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sábado, 11 de enero de 2014

La música étnica de Lisa Gerrard, Azam Ali y Hedningarna

La música étnica (también llamada world music) hace referencia a un término mercantilista que aglutina a la música relacionada con el sonido específico de algunas zonas o culturas del mundo con el fin de llevar a cabo esa manía del ser humano, y muy especialmente de la música, de querer etiquetar conceptos tan globales. La creación de este género tan extenso y ambiguo se produjo en los años ochenta cuando los grandes sellos discográficos variaron sus anteriores tácticas mercantiles, propiciando la aparición de pequeñas discográficas independientes en busca de nuevas alternativas sonoras que mutaron hacia un sonido dominado por la mezcla, íntimamente relacionado con el de la globalización y la diversidad cultural. Curiosamente, buena parte de la buena aceptación que tienen estas músicas se produjo por la insistencia de músicos occidentales de la talla de Peter Gabriel, Paul Simon y David Byrne, y sobre todo por la aparición del Festival WOMAD (World of Music, Arts and Dance), creado por Gabriel, el lider de Genesis en su etapa más inspirada, la del rock progresivo en la década de los setenta. Como la música étnica es un concepto tan amplio del que no se pueden hacer afirmaciones genéricas como intenté exponer en las anteriores recopilaciones musicales del blog, voy a ir directo a las bandas o nombres que más me motivan dentro de este abanico sonoro tan disperso.

LISA GERRARD

Si hay un grupo que incluya raíces étnicas en su ideario musical por el cual tenga absoluta devoción esa es la banda australiana Dead can dance, especialmente por la figura de su vocalista, poseedora de una prodigiosa voz cargada de matices tonales que evocan con dulzura y severidad diferentes estados de ánimo que van desde la ternura, a la nostalgia y a las lamentaciones. La vocalista australiana es hija de inmigrantes irlandeses, y creció en un barrio multi-cultural donde convivió con gente de origen irlandés, griego, italiano, y árabe; y ese aspecto se percibe en su música, ya sea en solitario o en la banda que la dio a conocer. Dead can dance fue creada en 1981, y es una formación caracterizada por  un sonido tan ecléctico que abarca sonidos inspirados en el Rock gótico y barroco (sobre todo en sus tres primeros discos y en los temas cantados por Perry), el Dark ambient,  pasajes deudores de los cantos gregorianos de siglos atrás, ecos de la música tradicional Persa, la música celta, la música étnica antigua en general y coqueteos con la música minimalista y electrónica. De todos modos, sus aspiraciones van mucho más allá de ser simplemente una reinterpretación de esas músicas.



Debo reconocer que, aunque al final le pillé el tranquillo, hace años hubo un momento en el que procesé cierta manía hacia la voz de Brendan Perry por usurpar tanto espacio a la de Lisa Gerrard, pero esa dualidad vocal ayuda a su diversidad sonora, y su tono con reminiscencias de Jim Morrison con un enfoque gótico también tiene su encanto. Dead can dance posee una extensa discografía en la que ningún álbum tiene desperdicio, entre los que destacan The Serpent's Egg, Aion, Spiritchaser e Into the labyrinth. Bien avanzada la década de los noventa comenzaron a trabajar en solitario y acabaron separándose temporalmente en 1998 hasta que se reunieron para una gira  mundial en 2005. Siete años después, en 2012, volvieron a unirse para el disco Anastasis y realizaron una gira mundial. La canción elegida en la selección musical es The Host of Seraphim, tema que aparece en los títulos de crédito de La Niebla de Frank Darabont y también pertenece a la Banda Sonora de Baraka, un preciosista documental sin palabras de 1992 dirigido por Ron Fricke por el cual siento auténtica devoción. La  carrera en solitario de Lisa Gerrard sigue la senda de los temas en los que predomina su voz en Dead can dance, pero con un enfoque más ambiental y clásico. Entre sus álbumes en solitario destacan The mirror pool y The silver tree, aunque también ha participado con su portentosa voz en multitud de bandas sonoras para el cine de otros compositores entre las que sobresalen las de El dilema, Gladiator, Ashes and snow y Samsara (el reciente documental de mi amado Ron Fricke que tristemente no ha llegado a nuestras salas todavía). Entre sus innumerables colaboraciones al margen del cine destacan dos temas muy potentes de los electrónicos The future sound of London y Orbital.

AZAM ALI

Otra de mis debilidades es esta vocalista y compositora nacida en Teherán que se crió en la India a partir de los cuatro años, y finalmente fue a parar a Estados Unidos cuando era una adolescente, después de la Revolución Islámica de 1979. La voz de Azam Ali  recuerda sobremanera a la de Lisa Gerrard. Un aspecto que unido a su gusto por la música étnica persa provoca que esa sensación de parecido con la vertiente más étnica de Dead can dance sea todavía mayor, pero cuando se profundiza en su sonido deja claras muestras de poseer un universo muy personal, aunque menos ecléctico que el de la banda australiana. Azam fue reconocida inicialmente por su trabajo con Vas, un dúo prestigioso de música étnica que consiguió buenas cifras de ventas, fundado en 1996 junto al percusionista Greg Ellis. Sus cuatro trabajos (Sunyata, Offerings, In the Garden of Souls y Feast of Silence) están influenciados por la música tradicional persa e hindú y son de una calidad impresionante. Las campanas y cuerdas  suaves unidas a la voz relajante de Azam Ali forman un paisaje sonoro muy absorbente.

En 2002, publicó Portals of grace, su primer trabajo en solitario. Un álbum que se decanta por realizar nuevas lecturas de las antiguas canciones medievales de Francia y Galicia mezcladas con la música tradicional sefardita  y árabe, acompañada con Greg Ellis (su compañero en Vas), y un grupo multi-instrumental de talentosos músicos. En sus tres discos restantes en solitario sigue esa senda, pero en este caso aderezados con sonidos electrónicos que continuaría explorando en su siguiente formación, la banda iraní Niyaz, con la que ha publicado tres discos (Niyaz, Nine heavens y Sumud) que se centran en poner música a los poemas de los místicos sufíes mediante ritmos hipnóticos inspirados nuevamente en la música tradicional persa e hindú, aunque en este caso con el añadido de la música tradicional mediterránea. Azam Ali, en sus tres formaciones, destaca  por su excelsa y expresiva voz, de la que cuesta hacer una descripción escrita por miedo a resultar cursi, solo comparable a la de Lisa Gerrard y Loreena McKennitt. Sin embargo, esa angelical voz  es utilizada siempre al servicio de una rica instrumentación plagada de atmósferas que incitan a la introspección y abarcan diferentes formas de ver la música en cada una de sus tres bandas.

HEDNINGARNA

De la vieja Europa nos llega otra de mis favoritas. Una banda sueca cuyo sonido se inspira en la música tradicional nórdica, caracterizada en sus inicios por evocar a la música medieval escandinava. Posteriormente fueron evolucionando hacia pasajes claramente influenciados por la música contemporánea, e incluso añadieron elementos electrónicos gracias a las nuevas tecnologías. Estos devaneos electrónicos mezclados con  las melodías antiguas generan un coctel sonoro muy atractivo. Anders Stake, Hållbus Totte Mattsson, y Björn Tollin crearon el grupo en 1987. Los tres procedían del rock y habían participado en bandas de otros países, y ese detalle se percibe en la contundencia de su música, que durante muchas fases (especialmente en Hippjokk, su disco más logrado) remiten a los tempos del Hard-rock. Anders Stake fue conocido por ser un fanático de la investigación sonora. Esa pasión le llevó a construir y modificar instrumentos musicales tradicionales para crear nuevos sonidos que utilizaría en Hedningarna.


En 1989 grabaron su primer disco (que lleva el nombre de la formación sueca) como un trío. Posteriormente se unieron las vocalistas Sanna Kurki-Suonio y Tellu Paulasto con quienes grabaron los excelentes Kaksi! en 1992 y Trä en 1994. En 1997 grabaron el trepidante Hippjokk, un álbum básicamente instrumental con el cual volvieron a la formación de trío inicial. En 1999 recuperaron la delicadeza de las voces femeninas con Karelia visa, nombre que hace referencia a un lugar perteneciente a Finlandia y Rusia del que se apoderaron de sus cantos rúnicos. Tras más de 10 años en silencio (en los que solo publicaron un recopilatorio en 2003 con algún tema inédito) volvieron con Och en 2012 con varios cambios en la formación y recuperando el tono más agresivo e instrumental que muestran cuando no cuentan con las voces femeninas finlandesas. Durante esa larga inactividad participaron en proyectos individuales de sus miembros. De todos modos, nunca abandonaron los conciertos, aunque estos se produjesen con menor frecuencia que en el pasado. Hedningarna (cuyo nombre traducido significa Los paganos) ha ido evolucionando sin traicionar su peculiar estilo amparado en las poderosas danzas tribales generadas por sus rítmicas y estruendosas percusiones y sus exóticos instrumentos propios y voces.


La mayoría de los nombres elegidos para la lista de reproducción, que son los que más me cautivan, tienen claras influencias de la música celta, nórdica, balcánica, mediterránea, persa e hindú, y se caracterizan por tener un sonido ecléctico que se inspira en esas regiones, pero acoplándose a nuestros tiempos y distanciándose de los purismos que suelen acompañar a la música tradicional  de corte más ortodoxa.



domingo, 22 de diciembre de 2013

La música minimalista

El minimalismo en sus diferentes vertientes artísticas es una corriente que aglutina a cualquier obra que se despoja de los elementos más comunes y se queda con lo esencial, repercutiendo en la concentración y la economía de medios de su semántica. Este movimiento existe en varios campos de la creación, como la pintura, la escultura, el cine, el diseño y la música. En esta última, el sonido minimalista ha existido desde hace mucho tiempo en otras culturas, pero su difusión en la música occidental no se produjo hasta mediados los año 60 del siglo pasado en la costa oeste americana. Esta etiqueta hace referencia a compositores con un elevado grado de experimentación que incidían en utilizar de forma repetitiva y constante pequeñas variaciones tonales mediante lentas transformaciones en las que destaca el uso de  pasajes con pocas notas, arreglos e instrumentos. La técnica minimalista se sustenta básicamente en la composición en un solo acorde o escala para explorar sus infinitas variaciones armónicas. Todos estos aspectos colisionan con el tratamiento tradicional de las exploraciones del timbre y el ritmo de la música de cámara, con la que suelen compartir instrumentos, aunque el minimalismo también se hace valer de todo tipo de utensilios caseros como botellas, latas, frascos, vasos o cubiertos de cocina.


Se suele comentar que este movimiento musical tiene sus orígenes en el conceptualismo (una variación del post-modernismo) y la música dodecafista (una técnica de composición formada por música atonal) aunque sus autores fuesen rupturistas con su sonido,  y por encima de todo en la música del compositor francés Erik Satie, precursor de varios ismos musicales: el minimalismo que nos ocupa, el serialismo y el impresionismo, y considerado uno de los nombres clave en la historia de la música del Siglo XX. Como en toda etiqueta sonora se han escrito ríos de tinta a la hora de definir qué es el minimalismo, pues es una categoría musical muy extendida y diversificada, y su valoración como tal depende en gran medida de su instrumentación y su estructura.


Dentro del nutrido grupo de compositores de esta disciplina musical, si tuviese que elegir cinco nombres me decantaría por Terry Riley, Steve Reich, Philip Glass, Michael Nyman y Wim Mertens; más que nada porque son los músicos con los que más he profundizado, aunque todos los nombres elegidos en la lista de reproducción no tienen desperdicio, y abarcan diferentes maneras de entender esta corriente cultural.


El californiano Terry Riley siempre es citado como uno de los músicos minimalistas pioneros. Su estilo se sustenta en la experimentación con la oposición, la intercalación y la reiteración de sonidos grabados en cintas como si fuesen samplers. Su obra más popular en sus inicios fue In C, compuesta en 1964, en la cual se percibe una notoria influencia de su colaboración anterior con La Monte Young, otro de los nombres básicos en los orígenes de la música minimalista. Esta visionaria pieza de Riley, que marcó claramente a Steve Reich y a Philip Glass en sus inicios, reflejaba la influencia de las estructuras musicales repetitivas que había escuchado en la música del norte de África. A partir de In C, el sonido del norteamericano ha estado claramente inspirado en las improvisaciones habituales del jazz y por encima de todo, en la música clásica hindú, ya que durante su extensa trayectoria ha realizado frecuentes viajes a la India para estudiar las bases de varios instrumentos musicales de esa zona, y ha participado en multitud de conciertos con músicos de cámara de ese país. Estos coqueteos orientales se perciben en su peculiar look dominado por una prominente y exótica barba. Su estilo también está emparentado muchas veces al sonido secuenciado de algunos grupos electrónicos de los 70 como Tangerine dream, a quienes marcó notoriamente, pero con el uso de instrumentos musicales que no tienen nada que ver con los sintetizadores.


El norteamericano Steve Reich es considerado otro de los músicos más influyentes de la historia de la música del Siglo XX (ha inspirado a gente tan dispar como David Bowie, Robert Fripp, Bjork y Underworld, por poner solo unos ejemplos). Reich, cuyas composiciones están claramente influenciadas por las tradiciones no occidentales, se inspiró inicialmente en la obra In C de su admirado Riley, con quien comparte el uso de cintas pre-grabadas que son utilizadas en bucle. El neoyorquino estaba tan fascinado con esa pieza que realizó diferentes variaciones que asimiló su compositor con posterioridad. Su portentoso sonido se nutre principalmente de los citados loops con diferentes versiones del mismo material, colocadas a diferentes velocidades, superpuestos con unos patrones entrelazados y veloces, uniendo estructuras inflexibles con ritmos ágiles, arrebatos de densidad, y complejidad a borbotones. Un músico visionario e inquieto, que ha ido abandonando la experimentación de su reconocida técnica con la intención de buscar nuevos caminos musicales e inquietudes (su próxima obra estará inspirada en dos composiciones de Radiohead). La discografía de Reich, como sucede con Riley no tiene ningún desperdicio, aunque dentro de su extensa trayectoria destaca la imponente Music for 18 Musicians. Toda su extensa obra se caracteriza también por un uso frecuente de la voz con reminiscencias operísticas, que marcó notoriamente a Nyman y Mertens. Posiblemente, sin Reich, la música de estos dos grandes autores europeos minimalistas hubiese sido completamente diferente.


El sonido de Philip Glass tardó en calar hondo popularmente (no se ganó la vida con la música hasta los años 80 con el brillante Glassworks) por su complejo y repetitivo proceder, que solo parecía encajar inicialmente en diferentes ámbitos relacionados con la cultura vanguardista, hasta que realizó Einstein on the Beach junto al director de teatro underground Robert Wilson; una ópera que tuvo mejor acogida y contaba con un evidente mensaje antinuclear. Glass, durante su larga carrera como músico ha compuesto óperas, sinfonías, conciertos para piano y conciertos para violín, entre otros; aunque es más conocido por el espectador medio por sus innumerables aportaciones a la música en el cine, entre las que destacan la Banda sonora de Koyaanisqatsi, Kundun, Mishima, Las horas o El sueño de Casandra. También compuso una partitura para una nueva reedición de La bella y la bestia, el filme de Jean Cocteau. Glass es otro minimalista claramente influenciado por la música del norte de la India, país al cual viajó en la década de los 60, donde acabó convirtiéndose al budismo y defendiendo la causa tibetana. En sus inicios, el talentoso compositor de Baltimore partió de los sonidos de su admirado Ravi Shankar, con quien colaboró musicalmente, y los aplicó a su sugestivo universo sonoro, plagado de  armonías y transformaciones tonales sustentadas en el uso de imperceptibles y continuas variaciones que transitan con la intención de que nada realmente cambie. De todos modos, Glass ha ido añadiendo con el paso del tiempo más complejidad instrumental a su música, y ha preferido mantener cierta distancia con el término minimalista, considerándolo sólo como un periodo puntual de su prolífera actividad musical.


El británico Michael Nyman, el primer minimalista que me enganchó con su particular universo sonoro, es uno de los pocos compositores de este movimiento que ha conseguido llegar al gran público. Nyman es otra de las figuras clave dentro del minimalismo en sus diferentes vertientes, ya sea como musicólogo, crítico musical del prestigioso rotativo británico The Spectator, pianista, compositor, o con su participación en la Michael Nyman Band, con quienes realiza periódicamente desde hace años sus giras en el rol de pianista. Su obra incluye óperas, cuartetos de cuerda, conciertos de cámara y Bandas sonoras para el cine. En esta faceta destaca especialmente por la colaboración con el director de cine británico Peter Greenaway, con quien mantuvo una prolífera relación. Entre estas bandas sonoras destacan, por citar solo unas cuantas, las prodigiosas Drowning by numbers, El contrato del dibujante y El cocinero, el ladrón su mujer y su amante. El cineasta tenía tanta fe en su matrimonio artístico con Nyman que le solía encargar la música antes de rodar sus filmes, y a partir de su impresionante composición musical construía la narración. Las Bandas sonoras con Greenaway están caracterizadas por la influencia de la música clásica de corte barroco, aunque durante algunas fases remiten a los ásperos tempos del Hard-rock, realizados plenamente con instrumentación de música de cámara. Fuera de su matrimonio con Greenaway ha compuesto bandas sonoras para gran cantidad de películas, como Gattaca, Ravenous o Wonderland, aunque con ninguna consiguió tanta popularidad  como con la de El piano, el filme de Jane Campion; una pieza con la que los programas televisivos y la publicidad nos han estado bombardeando, sin ninguna mesura, con su sutil pieza central.


De la vieja Europa también llega el belga Wim Mertens, un compositor, contratenor, guitarrista, pianista y musicólogo que, como los cuatro anteriormente citados, aunque sea de una generación posterior, también cuenta con una extensa trayectoria en forma de grabaciones; en este caso con más de 60, entre las que destacan Struggle for Pleasure. Maximizing the Audience, The Power Of Theatrical, o Madnessy Jeremiades. El compositor belga ha realizado piezas de cámara minimalista de corte clásico, y Lieders (canciones líricas breves cuya letra es un poema acompañado de música para piano), utilizando un lenguaje muy particular, atorado de atmósferas circulares trascendentes cargadas de originalidad, que sin embargo, cuenta con algunas conexiones con el de Michael Nyman, propiciando que haya pasajes en los que cuesta diferenciarlos claramente. Curiosamente, la relación entre los dos genios del minimalismo europeo nunca ha sido muy buena, especialmente desde que Greenaway “traicionó” al británico encargando al compositor belga la partitura de El vientre del arquitecto, otra de las grandes obras musicales de Mertens, De todos modos, Mertens suele coquetear más con la música ambiental y dotar de mayor importancia a la voz, ya que por algo es contratenor.


La mayoría de los temas de esta disciplina musical consiguen sumergir a la audiencia en una especie de hipnosis relajante muy atrapante. Una música ideal para la creación artística o para acompañar estados vegetativos, con una cama cerca, siempre y cuando no nos encontremos ante un minimalismo crispante de elevado grado experimental, que también abunda, y puede crear un efecto contrario. 



martes, 3 de diciembre de 2013

El Rock Progresivo de los 70

El Rock Progresivo (también denominado Rock Sinfónico) y gran parte de los géneros musicales aparecidos con posterioridad,  deben su aparición a la figura de un nombre clave, Robert Moog, el creador de lo que hoy conocemos como sintetizador, que llevaría su apellido. Un instrumento electrónico con el que se podía crear una variedad inmensa de sonidos, que por aquellos tiempos en los que la informática no había explotado definitivamente, supuso una auténtica revolución tecnológica para la música electrónica y el Rock. La etiqueta de Rock Progresivo hace referencia al carácter experimental  de la mayoría de bandas  y a los cambios de registro habituales en sus temas a través de estructuras extensas que evolucionan progresivamente de pasajes caracterizados por sonidos acústicos herederos de la música de cámara, a otros amparados en la acumulación de instrumentos del jazz más vanguardista, con en el ímpetu del bajo. Grandes creadores de atmósferas caracterizadas por una poderosa épica de ciencia ficción y fantasía, con los sintetizadores y en el virtuosismo de sus músicos por bandera. Una música con un arraigo muy especial  a una década tan peculiar, con la influencia siempre presente del LSD, como fue la de los 70, en la que grupos de un marcado carácter instrumental consiguieron arrasar en ventas; un aspecto que hoy en día parece una quimera. En las propuestas más radicales solían haber dos temas por disco, uno por cada cara del vinilo, aunque también proliferaban álbumes con temas de más 20 minutos en una cara y temas con una duración más convencional en otra.


Si tuviese que decantarme por un grupo de este subgénero musical rockero en la década de los 70 sería, sin duda, por King Crimson y su vanguardista y experimental sonido. Posiblemente la banda más influyente, dentro y fuera del  Rock progresivo en los inicios de la década,  y el  que mejor supo adaptarse al declive que se produjo tras la crisis del petróleo en 1973, a pesar de sus cambios constantes de formación y sus grandes periodos de inactividad. Una banda que siempre transitó al margen del resto en la década dorada del Rock Progresivo llevando los límites de la experimentación hasta las últimas consecuencias, y que supo acoplarse a las décadas siguientes mutando su sello sin perder un ápice de su acentuada personalidad, auspiciada siempre por la personalidad de su peculiar líder y guitarrista, el gran Robert Fripp, precisamente el único miembro de la banda que ha permanecido en la formación durante toda su extensa trayectoria. Fripp es un tipo muy respetado que fuera de la década de los 70 coqueteó con bandas punks y de New wave, aparentemente en las antípodas del Rock progresivo. En la primera etapa del rey carmesí (con pequeños cambios en la formación) parieron discos de la talla de In the court of the crimson king o Islands, aunque fue a partir de 1972 cuando logró  una mayor estabilidad con una formación fija (el bajista y vocalista John Wetton, Bill Bruford a la batería, David Cross al violín y el omnipresente Robert Fripp a la guitarra y melotrón) acercando sus sonidos vanguardistas al Hard-rock con discos de la envergadura de Red o Larks' Tongues in Aspic. A partir de los 80 la banda también se asentó con una formación con pocos cambios en la que destacaba la presencia de la voz de Adrian Belew, antiguo miembro de los Talking Heads y el bajista Tony Levin.


Mención especial  también para otra de mis bandas favoritas, Emerson, Lake & Palmer, posiblemente el grupo con un sonido más contundente e influyente en sus inicios en lo que se llamó Moog- rock, y el que llevó más lejos la fusión del Rock con el Jazz y la música clásica gracias al carácter extrovertido y el talento de su teclista Keith Emerson, quien se erigió en el Jimmy Hendrix (de quien se dijo que estuvo a punto de formar parte en el trío) de los teclados por sus poses imposibles y su enorme técnica. Una banda acusada por un sector de la crítica (muy hostil con el trio británico) de pretenciosidad y grandilocuencia en su sonido y sus espectáculos en directo, que asesinó por agotamiento el sonido del Rock Progresivo, tras un periodo prolífico y sublime que abarcó desde 1970 a 1973, en el que publicaron álbumes visionarios del calado de E,L&P, Tarkus, Pictures at an exhibition, Trilogy o Brain Salad Surgery que han influido a una ingente cantidad de músicos de todo el mundo y las épocas. Gran parte de la culpa de la decadencia del trío británico, además de la falta de inspiración creativa de todos sus miembros, la tuvo la evolución de su cantante Greg Lake, miembro fundacional de King Crimson y una de las voces más sugerentes de la música setentera (Epitaph, In the Court of the Crimson king) que mutó en una versión muy alejada de la anterior a partir de Works, el disco que (aunque todavía mantiene el tipo con temazos como Fanfare for the Common Man) supuso el comienzo del ocaso del trío británico por la lucha de egos que llevó a otorgar una cara de cada vinilo a cada uno de sus miembros por separado, y por el empleo de una orquesta para su gira en directo que les trajo grandes quebraderos de cabeza económicos. Todas las reuniones posteriores en forma de disco de estudio fueron muy decepcionantes, con un sentido radiofónico que no les sentó demasiado bien, pero al menos sirvieron de excusa para tocar los temas de su etapa más vanguardista en directo. Talento puro.


Esta nulidad de ideas no fue sólo cosa de Emerson, Lake and Palmer, ya que el resto de las bandas potentes de este subgénero musical, léase Yes, Camel, Genesis, Pink Floyd, Jethro Tull, Rush y compañía entraron en barrena, en mayor o menor medida, con la aparición del punk, movimiento musical que surgió como respuesta al acomodaticio estado en que entraron las grandes bandas de Rock setenteras. En los años 80 hubo varios intentos de relanzar el género como la aparición de Marillion (un calco a la etapa de Genesis con Peter Gabriel) y Asia (con un sonido mucho más próximo a la música AOR que al del Rock Progresivo de la década de los 70). En ese periodo, las grandes bandas supervivientes perdieron gran parte de de su sello en pos de un sonido más radiofónico, deudor del de Alan Parsons, con una elocuente falta de originalidad y poco espacio para la experimentación. En los 90, grupos como Porcupine tree intentaron hacer renacer de sus cenizas al Rock progresivo. Sin embargo, considero que la aparición del Post-rock y de ciertas bandas electrónicas, resultaron más fieles al espíritu setentero que las bandas surgidas desde esas fechas hasta nuestros días.







domingo, 17 de noviembre de 2013

La música electrónica de los 90

He de reconocer que desde jovencito arrastro una animadversión casi enfermiza hacia la música de baile. Era el típico personaje que cuando se encontraba en una discoteca lo hacía apartado y con cara de pocos amigos, maldiciendo la nula calidad musical de los temas elegidos.  Mis orígenes guitarreros del Punk y del Rock posteriormente mutaron hacia terrenos más gafapásticos e introspectivos , como los del Rock progresivo y psicodélico de la década de los 70. Unos gustos musicales que colisionaban notoriamente con la música discotequera. Sin embargo, a mediados de la década de los 90 se produjo un cambio en la música de baile (rebautizada en esas fechas como Dance). Los temas horteras discotequeros de siempre continuaban estando ahí, pero las pistas de baile sufrieron una evolución con la irrupción en escena de formaciones como Orbital (mi favorita de música electrónica gracias a su portentoso In Sides), Aphex Twin, The Prodigy, The Chemical Brothers, Underworld, Leftfield y compañía. Música que se puede considerar bailable en algunos pasajes, pero que poseía un enfoque completamente distinto, con claras reminiscencias del Punk, del Rock, del Jazz y de la psicodelia sesentera/setentera; géneros musicales habitualmente marginados por la mayoría de las pistas de baile.


Evidentemente, no toda la música electrónica es de baile, ni toda la de baile es electrónica. Desde principios del siglo XX aparecieron compositores que creaban música electrónica con equipos fabricados por ellos mismos, aunque se considera que los orígenes de este género vienen de Alemania a finales de la década de los 60 a través de dos movimientos musicales: La Escuela de Berlín comandada por Klaus Schulze y Tangerine Dream y La Escuela de Düsseldorf, que incluía a bandas más próximas al Krautrock como Can, Kraftwerk y Neu!. El éxito de los grupos abanderados del Rock Progresivo en la década de los 70 que sustentaban su música en el uso indiscriminado de los órganos Moog y Hammond, como Emerson, Lake & Palmer, Yes, Camel, Genesis, Pink Floyd, y compañía, ayudó a tomar más en serio a los sintetizadores. En esos tiempos, empezaron a surgir bandas influenciadas principalmente por el robótico y futurista sonido del grupo alemán Kraftwerk, y  los pasajes sonoros más sutiles pero igualmente ultra-secuenciados  de Tangerine dream. También ayudaron a la expansión de la música electrónica en la década de los 70 las bandas sonoras de Giorgio Moroder y Wendy (antes Walter) Carlos, los pasajes más espaciales de Jean Michel Jarre, o los más relajados y ambientales de Brian Eno.


En los años 80, con la aparición de los Samplers y el MIDI, a medida que la tecnología fue evolucionando y resultaba más accesible, se fue instaurando en los hábitos de la audiencia, no solo como consumidor sino como creador mediante programas informáticos que economizaban sustancialmente los gastos con unos resultados sorprendentes. Si bien se produjo la evolución a finales de los 80 con el citado progreso tecnológico, no fue hasta mediados de los 90 cuando se consolidó plenamente y dio su salto cualitativo, asentándose por completo entre 1996 y el legendario 1997. Como viene siendo habitual en la música, dentro de la Electrónica han ido surgiendo multitud de subgéneros que en algunos casos poco tienen que ver entre sí, como el House, el Hip-hop, el Trance, el Techno, el Acid Jazz, el Breakbeat, el Ambient, el illbient, el Eurobeat, el Acid house, el jungle, el Drum and bass, el New age, el Dub, el minimalismo de los DJ’s, la música makina (aquí conocida como Bakalao), y el Big beat (la etiqueta que tiene mayor representación en la lista de reproducción junto al Intelligent y el Trip-hop, ya que por algo son mis favoritos).


Bajo mi humilde opinión, la música Electrónica ha aportado mucho menos de lo esperado en los últimos años. Unos tiempos que han supuesto la decadencia de algunos de sus puntales como The Chemical brothers, Air, The crystal Method, Junkie XL, Underworld, Daft Punk), con trabajos de un cariz demasiado comercial, y otras que se han mantenido con más dignidad fieles a su estilo pese a un evidente estancamiento, como Massive Attack, Orbital, Aphex Twin, Autechre, Biosphere, The Prodigy y Death in Vegas, entre otros. Los nuevos grupos no parecen estar por la labor de experimentar con la electrónica y crear atmósferas nuevas, aunque esta puede ser una apreciación errónea por el menor grado de exploración provocado por el desinterés personal en este género musical en los últimos tiempos.




miércoles, 6 de noviembre de 2013

El post-rock


La primera vez que escuché hablar del término post- rock fue gracias a la adquisición del álbum TNT de Tortoise, allá por el año 1998, y quedé plenamente cautivado por ese sonido tan fresco en aquellos tiempos; deudor del Jazz y del Rock progresivo, y con pequeños destellos de Bossa nova, electrónica e indie-rock. Sin embargo, mis devaneos en esos tiempos con la electrónica, la música setentera,  la étnica y los minimalistas contemporáneos impidieron que profundizara en ese género musical fuera del grupo de Chicago hasta que me topé con Mogwai, el grupo que le ha dado mayor empuje al género gracias a su sonido tan personal y su buena aceptación internacional dentro de un estilo no demasiado popular por aquellos tiempos.



Aunque en un principio se asoció el término en referencia a la influencia de The Velvet Underground e incluso la de un grupo a priori tan distanciado con el sonido actual del post-rock como Talk Talk, dicha etiqueta surgió para describir el sonido de algunas bandas de rock que utilizando instrumentos de este popular estilo incorporaban elementos que no se encuentran dentro de su tradición. Una actitud que tuvo lugar como reacción ante  el acomodo del rock & roll, que se había quedado estancado en un sonido muy concreto y poco arriesgado, que no daba prácticamente espacio a la innovación repitiendo patrones hasta la saciedad. La mayoría de los grupos que se enmarcan en este espacio musical tan amplio y ambiguo, carente de un sonido generalizado que lo defina, son proclives a la experimentación con las técnicas de producción, las disonancias y el uso de arreglos originales muy alejados del pop convencional; caracterizados por unir fases introspectivas con otras más sucias de un modo muy ágil, mediante la creación de atmósferas densas y melancólicas, con un marcado aire cinemático y futurista. Notas, acordes, ritmos, efectos, subidas de volumen y crescendos que buscan indagar en las emociones del oyente a través de la épica, con gran variedad de registros sonoros y un espíritu inquieto.


Las bandas que siguieron la estela de Tortoise (la formación más influyente en los inicios de este género musical) o los canadienses Godspeed You! Black Emperor, se caracterizaban por componer temas de larga duración y plenamente instrumentales, pero los grupos actuales parecen ceñirse a extensiones más comerciales. La mayoría de los temas del Post-rock suelen renunciar a las voces, aunque hay excepciones como Slint (considerados los pioneros del género con su Spiderland), Tarwater, Sigur Rós (creadores de un lenguaje propio), Manta Ray, y algún tema esporádico de Mogwai, por citar sólo unos cuantos. Las escasas veces que son incluidas suele ser de un modo casi anecdótico, utilizadas como un instrumento más, o siendo procesadas por ordenador. Como suele ser habitual en un medio tan aficionado a poner etiquetas como es el de la música, dentro del post-Rock cohabitan varios géneros musicales muy diferentes entre sí, como el rock progresivo y la música psicodélica de la década de los 70 (otras de mis grandes pasiones), el jazz, el hardcore, la bossa nova, la música clásica contemporánea, el minimalismo, la música étnica, o subgéneros de la electrónica como el krautrock, el ambient, y el dub. Si obviamos su coincidencia en llevar a cabo temas instrumentales con una alta indagación experimental, poco tienen que ver entre sí grupos como Tortoise, Mogwai, los japoneses Mono, ASYWIFA o los que más proliferan en la actualidad, bandas con claras reminiscencias de Durutti Column y su  sonido de guitarra somnolienta, amparado en el abuso del efecto delay, que tiene como exponentes más representativos a Explosions in the Sky o los belgas Cecilia::eyes, aunque estos últimos tengan más registros y varíen su sonido con mayor frecuencia que los autores de la excelente banda sonora de la serie Friday Night Lights.

Personalmente, además de Mogwai y Tortoise, siento especial devoción por los irlandeses God is an astronaut, los japoneses Mono, la primera etapa de Sigur Rós,  65daysofstatic y Celicia:: eyes, pero ya me extenderé sobre ellos en un hipotético futuro post individual. Os dejo con una lista de reproducción de 25 temas de otros tantos grupos representativos del post-rock que puede ser muy útil para los menos iniciados que tengan interés en este tipo de bandas.